PERSECUCIÓN EN EL GRAN BAZAR

OS DEJO OTRO FRAGMENTO DE MI NOVELA «MUJERES ENTRE GUERRAS»

Iba observándolo todo, con gran curiosidad. Estaba deslumbrada. Jamás había visto tantas joyas, tanto oro y tantas piedras preciosas… Aunque ella era bastante austera en su aspecto externo, le entusiasmaban los adornos de plata. Pensó que tal vez podría comprarse un bonito colgante, o tal vez unos pendientes. (…)

Los vendedores, todos ellos varones, estaban en su mayoría en las puertas de los comercios y la invitaban a pasar al interior.

En una de las ocasiones que miró hacia atrás, en busca del rótulo de la joyería de la tarjeta, vio a un hombre con aspecto de inglés, que la miraba fijamente. Era joven y guapo, muy blanco de piel, bien vestido con sombrero y gabardina. Su pinta no era la de un turista de los que pululaban por allí. Por un momento se alegró. “No está nada mal…”, pensó para sus adentros. Estaba acostumbrada a llamar la atención de los hombres. Tal vez por su belleza un tanto peculiar, con su nariz pecosa y su cabellera rizada y rojiza… Pero ella era muy selectiva a la hora de echarse un novio. Tenía el listón puesto muy alto, y no todos cumplían con sus exigencias. No tenían que ser particularmente guapos, pero sí tener un atractivo especial, algo que les hiciera diferentes al resto…

Iba sumida en sus pensamientos cuando se dio cuenta que el hombre de la gabardina continuaba a sus espaldas. “Si quiere ligar conmigo, debería acercárseme con algún pretexto…”. Pero no, seguía a cierta distancia pero sin quitarle la vista de encima. Irene empezó también a observarle con disimulo. Lo veía reflejado en los cristales de los escaparates o en los espejos de las tiendas, y allí seguía. Manteniendo las distancias, pero siempre detrás de ella. Ahora ya lo veía claro: no es que le hubiera gustado, es que la estaba siguiendo…

Se metió en uno de los comercios y estuvo probándose pendientes. Con el espejito de mano que le dio el dependiente para que se los viera puestos, espió los movimientos de su perseguidor. Se había parado en la tienda de enfrente, simulando mirar el escaparate. Efectivamente, la seguía. ¿Pero quién era, y por qué la vigilaba?  

Pagó los pendientes y salió de la tienda con aire distraído, como si no fuera consciente de que la estaba observando el hombre guapo de la gabardina.

Giró por una callejuela estrecha, echó a correr con todas sus fuerzas y se metió en un bazar de ropa y babuchas, que encontró a la vuelta de una esquina. Conforme entraba, cogió la primera prenda que vio, que era un caftán de un horrible verde loro, y se fue hasta el fondo de la tienda. Se ocultó en un probador cerrando la cortinilla. La entreabrió ligeramente y vio que el dependiente estaba hablando en turco con una clienta, y ni la había mirado. Mejor así. Estuvo allí oculta un buen rato.

Después de un tiempo prudencial se asomó con cuidado y vio que la clienta ya se había marchado. Cogió una pañoleta, la más grande y discreta que vio, y se la echó por encima a modo de hiyab, de forma que le tapaba la cabeza y los hombros. Pagó y salió deprisa mirando al suelo, pero observando que no estuviera el hombre de la gabardina. No lo vio por ningún lado. Estuvo tentada de seguir buscando la joyería de la tarjeta, pero no era buena idea. Con aquel tipo merodeando por allí, lo más sensato era irse enseguida al hotel, y encerrarse en su cuarto hasta el día siguiente.

3er. Fragmento de mi novela MUJERES ENTRE GUERRAS

(Os dejo otro breve fragmento)

Aquel verano aparecieron más bebés en la casa. No solo estaban Leo y Eleni, la hija de la nodriza, que ya empezaba a dar sus primeros pasos, sino que además correteaban siete hermosos cachorros, hijos de Lila. Eran como bolitas de algodón de diversos colores. Los había blanquitos y grises, castaños y marrones, y uno negro con el hocico blanco igual que su padre, Rufo.  

Tomás y Carmina se habían autoproclamado los padres adoptivos de la prole de Lila, y estaban siempre pendientes de los chuchos. Bianca y Amelia se turnaban también en el cuidado de Leo y de los perritos, que se pasaban el día saltando de unos brazos a otros. Hasta Vincenzo, que al principio había sido reacio a dejar que anduvieran por el interior de la casa, estaba ahora entusiasmado con ellos. Tanto es así, que la presencia de su huésped forzoso, el capitán Bauman, pasó a ocupar un segundo plano. 

La que no se olvidaba en absoluto de la presencia del alemán era Lila. Ella dejaba que todos cogieran a sus crías, las acariciasen y les hicieran mimos. Nunca se mostró hostil con ningún miembro de la familia ni del servicio. Tampoco se preocupaba si los cogían los amigos de Carmen o de Tomás, que con frecuencia iban a verlos. Pero el día que Bauman se acercó a la caja donde tenía a sus cachorrillos, Lila saltó inmediatamente dentro, en una señal inequívoca de protegerlos, y como quiera que el capitán no se alejó, sino que intentó acercarse más, empezó a gruñirle arrugando el hocico y enseñándole los dientes, cosa que no había hecho jamás. Tomás intervino enseguida para calmarla, y el boche se alejó un poco asustado. Incluso hizo el gesto de llevarse la mano al revólver que llevaba al cinto. 

Desde ese día, cada vez que Bauman regresaba a casa, Lila no se separaba de sus crías, a las que no quitaba la vista de encima. Por supuesto, al “fritz” no se le ocurrió volver a acercarse a los cachorros…    

Todos comentaron este hecho. Irina vio clarísimo que, si la perra no soportaba la presencia del alemán cerca de sus retoños, era porque no se fiaba de él. Sin duda porque intuía que era una mala persona.

—Los animales tienen un sexto sentido para calar a la gente. Su instinto no falla nunca —solía decir. 

Tampoco al hijo de Simona le gustaba absolutamente nada el huésped. Ioannis hacía las veces de jardinero, chófer, jefe de mantenimiento y “chico para todo”, como él solía decir bromeando. En ocasiones se cruzaba con el alemán en el jardín o en el garaje de la casa, y el boche no se había dignado ni a mirarle a la cara, ni mucho menos saludarle. Bauman era despótico y prepotente, convencido de pertenecer a una raza superior que no tenía por qué sentir ninguna empatía con los seres que consideraba inferiores, y mucho menos si pertenecían al servicio. 

Algunos días, cuando se reunían a comer en la cocina, Ioannis comentaba con su madre y con las muchachas lo harto que estaba de ver a los nazis por la isla. A los italianos aún podía soportarlos, pero estos ya eran otra cosa…

—Si pudiera verme cara a cara con Bauman, solos los dos, en una lucha de igual a igual, de hombre a hombre, le iba yo a enseñar a ese cretino lo que pienso de la superioridad de su raza…

Irina le mandaba callar inmediatamente. 

—Calla, por Dios, que si te oye nos caemos con todo el equipo… ¡No sabes de lo que son capaces!

2º fragmento de mi novela: MUJERES ENTRE GUERRAS

… Incidentes similares habían ocurrido con relativa frecuencia, por lo que la proximidad de la muerte de la pobre Pascualina la preocupaba doblemente. Por un lado, porque lamentaba que aquellas niñas quedasen sin madre; y además, porque temía el comportamiento que a partir de ese momento pudiera tener Don Francisco. 

Una noche, después de cenar, le estaba contando a su madre sus temores:

—Mamá, tengo miedo de que ese hombre pierda los papeles cuando muera su mujer. No sé qué he de hacer —le decía angustiada. 

—Pues no te quedará más remedio que dejar esa casa… 

—Pero es el único ingreso que tenemos actualmente, y no me será fácil encontrar otro empleo. Los que pueden contratar profesoras particulares son las familias más afectas al nuevo régimen, y dudo que quieran a la mujer de un militar republicano desaparecido.  

—Ya lo sé; y no es solo eso lo que me preocupa —respondió su madre—. Temo aún más por la reacción de ese señor, por llamarle de alguna manera. Un hombre así, con ese carácter, acostumbrado a salir siempre triunfante, si se ve rechazado puede llegar a ser muy peligroso.  

—No me asustes, mamá, ¿qué quieres decir?

—No me hagas mucho caso, hija, pero el orgullo de un macho herido… me da miedo. ¡Yo qué sé lo que podría hacer o decir con tal de vengarse y desacreditarte! Has de ser muy cautelosa, y no provocar su ira. Procura no quedarte nunca a solas con él en la casa. Si no están las niñas, convence a esa criada joven que tienen para que siempre esté por medio… 

—A veces pienso que lo mejor sería irnos con Vincen y los niños —replicó Amelia. 

—Pero Europa está en guerra. Un viaje así de largo es muy peligroso…

—Sí, lo sé. Y además pienso que si me quedo aquí puedo recibir alguna noticia de Fernando, mientras que estando en Grecia será más difícil…

En ese momento llamaron a la puerta. Amelia se secó las lágrimas con el pañuelito que llevaba en la manga del jersey, y fue a abrir. Era el Sr. Puig. Con rostro aparentemente pesaroso dijo:

—Ya ha terminado todo. Acaba de morir. 

—Dios mío, ¡cómo lo siento! Ahora mismo bajo. 

—Paco Puig no hizo ademán alguno de moverse. Se quedó en el recibidor, esperando a que Amelia se lo dijera a su madre y bajase con él. 

En la escalera le comentó en voz muy baja:

—Amelia, ahora la necesitamos más que nunca. Todos, las niñas y yo. Por favor, no nos deje.  

—No, por supuesto. Estaré con ustedes para todo lo que precisen.  

—Gracias, Amelia. Sé que puedo contar con usted.

Y al decir esto, le acarició suavemente la mejilla. 

La criada fue a abrirles la puerta cuando llamaron. Él, con las prisas, no había cogido las llaves de casa. Al entrar, Felisa le guiñó un ojo a Amelia y le susurró al oído: 

—¡Joder, pues ya ves lo que ha tardado en ir a buscarte! Si la otra aún está caliente…

Efectivamente, la pobre Pascualina aún no presentaba el color de la muerte. Menuda, encogida, acurrucada entre las sábanas, parecía que dormía. Las niñas lloraban cada una a un lado de la cama de su madre. Le conmovió la escena. Ver a aquellas pobres criaturas desconsoladas, sumidas en el llanto, mientras su padre fingía una afectación que no sentía en absoluto… En el fondo de su alma, Paco Puig se sentía liberado y feliz. Había tardado más de dos años en morir desde que le diagnosticaron el cáncer. Dos años que, para él, fueron interminables. Parecía que no iban a pasar nunca. Era persistente, la pobre. No quería morirse, y se aferraba a la vida como a un clavo ardiendo. “Pero ¿para qué?”, se preguntaba Don Francisco. “Si igual se ha de morir, ¿a qué viene demorarlo tanto…?”.

La señora Pascualina murió el 28 de octubre de 1940. Evidentemente, ella no fue consciente de tal coincidencia; pero justo ese mismo día, las tropas de Mussolini penetraban en territorio griego desde Albania, y la aviación italiana bombardeaba Atenas, el puerto de El Pireo y otras ciudades griegas. 

Fragmento MUJERES ENTRE GUERRAS

Fragmento del primer capítulo de mi novela MUJERES ENTRE GUERRAS, que a principios de abril ya estará en las librerías y en venta online.

En el momento de embarcar, Carmen tuvo el desagradable presentimiento de que iba a pasar toda la travesía mareada. Por desgracia, pocas veces le fallaba la intuición. “Además de triste, ¡vomitando! Pues sí que empezamos bien…”, se dijo para sí. 

Tomás, sin embargo, estaba muy emocionado y correteaba por la cubierta del barco con la impaciencia propia de sus pocos años. Quería orientarse bien para saber llegar solo hasta el comedor, los camarotes y todos aquellos lugares del buque que a él se le antojaban misteriosos. Sentía una especial curiosidad por acceder a las zonas vedadas a los pasajeros, como el puente de mando, las bodegas o la sala de máquinas. 

Mientras tanto, lo único que Carmen deseaba era zarpar de una vez, porque aquella espera asomada a la barandilla, diciendo adiós con la mano a aquellos extraños que habían ido a acompañarlos al puerto, se le estaba haciendo interminable. La sonrisa ya se había convertido en una mueca. Sabía que, en el fondo, lo único que deseaban era perderlos de vista; y la verdad, el sentimiento era recíproco. Aunque por aquel entonces era aún muy joven (acababa de cumplir dieciséis años), notó enseguida que para aquel matrimonio había resultado muy cuesta arriba tenerlos en su casa el par de días que tardó el barco en zarpar hacia Corfú. Con ese gesto de hospitalidad forzada, consideraban que ya habían saldado con creces la deuda que tenían con su tío Vincenzo. 

Cuando por fin sonó la sirena y la marinería soltó las amarras, sintió un gran alivio. 

La salida del puerto de Venecia al atardecer fue un espectáculo maravilloso que jamás podría olvidar. Iban alejándose de los últimos puentes, las cúpulas y las luces de la ciudad, mientras las gaviotas revoloteaban alrededor del barco, casi en formación, y estaban tan cerca de ella, que alargando el brazo parecía que podía tocarlas. No le daban miedo, al contrario; le gustaba oír sus graznidos, como si también hubieran ido a despedirlos. Lamentó no haber cogido algún resto de los panecillos de la comida para poder lanzárselos y ver si lograban cazarlos en el aire. 

Conforme se fueron desdibujando las últimas imágenes de la ciudad y la noche empezó a caer, una tristeza inmensa se iba adueñando de ella. Parecía como si una mano invisible atenazase su garganta, dificultándole la respiración. Tenía miedo, no solo al mar, sino al futuro incierto que les aguardaba. ¡Qué distinto hubiera sido todo si su madre hubiera podido acompañarlos! Pero no podía hacerlo. La falta de noticias sobre el paradero de su marido y el estado de salud de la abuelita María le impedían abandonar Barcelona. Por tanto, Amelia optó por poner a salvo a sus hijos; o al menos, eso pensó en aquellos momentos…  

A Carmen le preocupaba también que el tío Vincenzo hubiera accedido a acogerlos en su casa tan solo por la insistencia de su madre y de la abuela, pero que en el fondo le resultasen unos parientes molestos a los que se cobija únicamente por lástima.

Su madre le había hablado muy bien de él. Decía que era una excelente persona y que, aunque viviera en Grecia y apenas hubieran tenido contacto, iba a cuidar de ellos, y haría que se sintieran como en su propia casa. No pudo asegurar lo mismo de su mujer, ya que Amelia apenas conocía a su cuñada Bianca. Por lo que sabían de ella a través del tío Vincen, pertenecía a una familia muy distinguida de origen veneciano, al igual que la de la abuela.

El mar estaba embraveciéndose por momentos y las crestas blancas de las olas chocaban con furia contra los costados de la embarcación, produciéndoles una desagradable sensación de inestabilidad y temor. Tomás quiso ir a proa para ver el mar desde allí, pero al salpicarle las olas que saltaban por las amuras de babor y estribor, se agarró tan fuerte de la mano de su hermana que esta pudo sentir su pánico. Se vio en la necesidad de infundirle confianza y hacerse la fuerte. Al fin y al cabo, era la hermana mayor que, en teoría, debía protegerle. Con tono jovial y rostro risueño le dijo:

—Corre, vamos a ver el camarote. Tal vez nos hayan llevado ya el equipaje y podamos cambiarnos de ropa para subir a cenar. 

La verdad era que no tenían mucha ropa. Todas sus pertenencias cabían en una maleta y una bolsa de mano. Entre su madre y la abuela, con sobrantes de unas piezas de tela que les había regalado la señora Puig, habían hecho para Carmen un par de vestidos nuevos. Eran en realidad batitas sencillas con el sello inconfundible de la confección casera; pero después de haber pasado tantas calamidades, poder estrenar algo le hacía sentir como una princesa, y estaba deseosa de ponérselos. 

A Tomás también le habían arreglado varios pantalones y camisas que les dio la vecina de arriba, una viuda que ya había perdido en la guerra al marido y al hijo mayor. Esa ropa había pertenecido al más pequeño de los chicos que, como tantos otros de la “Quinta del Biberón” movilizados en enero, cayó al segundo día de llegar al frente. La pobre mujer lloró con tanta desesperación cuando le dieron la noticia, que por temor a que pudiera cometer un disparate y arrojarse a la calle desde una ventana, las vecinas montaron guardia durante varios días para vigilarla, y no permitieron que se quedase sola ni un instante. Era el segundo hijo que perdía en la maldita guerra; y encima, cuando ya se daba prácticamente por terminada. 

Desde octubre de 1938 todo el mundo decía que era cuestión de semanas, pero las semanas se convirtieron en unos meses interminables. Los bombardeos, el hambre y la huida en desbandada hacia Francia convirtió Barcelona en un auténtico infierno. 

El camarote era pequeño, estrecho y bastante oscuro; pero era únicamente para ellos dos. Les espantaba la idea de tener que compartirlo con personas extrañas, por lo que ya lo miraron con buenos ojos y hasta les pareció confortable. Tenía una litera de camitas estrechas, pero suficientes para ellos, que estaban delgadísimos. Los últimos tiempos habían sido muy duros y comían poco y mal. Además, con su padre en el frente de Valencia, la situación de la familia en Barcelona durante los últimos meses había sido más que precaria. Aunque recibían puntualmente la paga del padre, el dinero, o mejor dicho aquel símil de cartón que circulaba en aquellos días, ya no servía para nada. Nadie lo quería. Solo funcionaba el trueque.  

Amelia y la abuela María lo habían vendido todo, absolutamente todo, para poder sobrevivir a duras penas. Los víveres se destinaban a la intendencia del Ejército, y la población civil sufría escasez hasta de lo más esencial. Aquello que no era imprescindible, podía ser objeto de permuta: joyas, pieles, objetos de plata, cubiertos, abrigos, zapatos… La abuela canjeó una preciosa estola de visón blanco con unos payeses, a cambio de un saquito de avellanas. 

Además, en aquellos años en los que nevó intensamente, no quedaba ya carbón, ni tenían manera humana de protegerse del frío. Así que los libros de la biblioteca de los abuelos acabaron en la caldera.

El abuelo Ramón era notario, y tenía una impresionante colección de libros de Derecho, recopilatorios de sentencias, resoluciones administrativas y cosas por el estilo. Pero también tenía una de las primeras ediciones de la enciclopedia de Espasa; tomos sobre historia, arte, geografía, razas humanas e infinidad de libros curiosos sobre magia, ajedrez, esperanto, y hasta sobre el adiestramiento de perros. Y por supuesto, no faltaba una interminable colección de novelas y ensayos de autores nacionales y extranjeros de todos los tiempos. Además, en la biblioteca de la familia se juntaron también volúmenes del bisabuelo Mauricio, que era médico. Tenía tratados de anatomía, ginecología y obstetricia, que Amelia colocó en la parte más alta de las estanterías porque suscitaban la curiosidad de Tomás que, cuando estaba solo, buscaba fotos indecorosas. 

Pues primero ardieron los libros, y después la propia librería. Entre todos la desmontaron con un destornillador y un martillo, y la hicieron pedazos que iban lanzando a la caldera o a la cocina económica.  

Después quemaron los muebles. El precioso mobiliario de la casa de Amelia fue también pasto de las llamas. Aunque para eso necesitaron la colaboración del hijo de la portera, porque sin disponer de un hacha era imposible trocearlos. 

El piso quedó convertido en una triste sombra de lo que fue en otros tiempos. Solo se quedaron con lo imprescindible: las camas, algunas sillas, la butaca de la abuela y poco más. Todo lo que era susceptible de arder, se quemó. 

Se salvaron las cortinas, eso sí, porque además de bajar las persianas, por las noches había que correr las cortinas para que no se viera ninguna luz desde la calle. 

En enero de 1939 Carmen cayó enferma. La fiebre llegó a los cuarenta grados, y el médico aseguró que podía complicarse con una neumonía si no cambiaba de aires y empezaba a comer como es debido. Amelia se alarmó muchísimo, porque un hermano suyo había muerto de pequeño a causa de una neumonía; y evidentemente, la abuela no ayudaba a tranquilizarla, sino todo lo contrario. 

—Dios mío —le decía a Amelia—. Tenemos que sacar a esta niña de aquí como sea… yo ya perdí a un hijo, y no soportaría presenciar también la muerte de mi nieta. Hemos de contactar con tu hermano Vincen. Él es una persona de muchos recursos y seguro que nos ayuda a poner a salvo a los niños.

—Mamá, pero dime, ¿qué quieres que haga? ¡Ya ves cómo está saliendo en tropel la gente de Barcelona! Las carreteras están colapsadas, y dicen que cuando los que logran pasar la frontera llegan a Francia, los meten en campos de concentración… es mejor seguir aquí todos juntos. 

—Pues habla con la señora Puig, a ver si ella nos puede ayudar. Es buena persona, y su marido trapichea con todo lo imaginable. Seguro que en su casa no falta de nada. A ver si te puede dar leche, o huevos, o algo para que esta niña coma un poco bien… 

—De acuerdo, lo intentaré, pero ya me va dando cosas siempre que puede y no quiero abusar. Si me despiden será peor. Nos quedaríamos sin nada.

—Pero, ¡qué te van a echar! ¡Si tú en esa casa eres imprescindible! 

Aunque lo decían en voz muy baja para que los niños no lo oyeran y no se alarmasen, como la casa estaba totalmente vacía de mobiliario, las voces retumbaban y, sin demasiado esfuerzo, Carmen y Tomás oían perfectamente sus conversaciones.  

Entre Amelia y su madre siempre hablaban en italiano. La abuela María nunca renunció a su idioma, que consideraba mucho más dulce y musical que el español que, para ella, era duro de pronunciar. De hecho, aunque había pasado tres cuartas partes de su vida en España, siempre se le resistieron las erres y las jotas, a pesar de que su marido se llamaba Ramón. 

Amelia había entrado a trabajar en casa de los Puig en el verano de 1938. Por aquel entonces el final de la contienda se veía ya muy cercano. La República había quedado dividida en dos zonas, y Cataluña aislada de la zona central. Las noticias del padre llegaban con cuentagotas y la situación de la familia en Barcelona era cada vez más difícil. 

UN GEISER EN LA MANCHA

Todos los veranos íbamos al pueblo de mi padre a pasar unos días con la abuela y con los tíos. Nos encantaba la libertad de poder corretear por las calles, jugar con los primos, reunirnos en el parterre para organizar el plan del día, ir a la ermita en bicicleta, coger moras, o bajar a bañarnos al río.  

Aquel mes de agosto, el sol caía con rabia sobre la meseta. Era casi imposible permanecer bajo sus rayos. Únicamente estando mojado se podía aguantar al sol unos minutos. A mamá le gustaba nadar en la piscina y al salir, embadurnarse de crema solar tumbada en una de las hamacas del porche. Para la piscina se usaba el agua del pozo, que por esos extraños misterios de la naturaleza, siempre estaba helada. A pesar de que ya hacía casi un mes que la habían llenado, yo seguía sin meterme voluntariamente. Otra cosa era que me tirasen mis hermanos mayores, siempre abusando de los pequeños…

Cuando esa mañana salí a comprar el pan (que era mi obligación veraniega), me enteré de la gran noticia. Volví a casa corriendo para contárselo a mi familia. Papá estaba en el jardín con las tijeras de podar, cortando una enredadera salvaje que había brotado al lado de los rosales, que con tanto mimo cuidaba la abuela.  

ꟷ ¡Papá, papá, ha salido un geiser! ꟷgrité lleno de excitación por ser el primero en dar el parte.

ꟷ¿Qué dices? ¿Cómo va a salir un geiser de repente, en mitad de la Mancha?

ꟷ ¡Que sí papá, lo juro! ¡En la finca de Tomás, ha aparecido esta mañana, y es altísimo…! Ha ido todo el mundo a verlo…

Mi padre se puso una camisa sobre el bañador y se asomó a la puerta que daba a la plaza. Allí no se hablaba de otra cosa. Todo el mundo comentaba la noticia.  Efectivamente en el huerto de Tomás, que estaba a escasos kilómetros del pueblo, había surgido un geiser que lanzaba agua sulfurosa a docenas de metros de altura. ¡Algo así no nos lo podíamos perder!  Acudimos toda la familia a verlo. Subimos, no sé muy bien cómo, en el todoterreno: mis padres, mis hermanos, la abuela, la tía Elvira y Jak, el perro. 

En el camino de tierra que conducía a la parcela de Tomás, por el que solo transitaba esporádicamente algún tractor, aquel día había un tráfico intenso. Conforme nos íbamos aproximando se veían coches aparcados en las cunetas, y un poco más adelante el espectáculo nos dejó boquiabiertos. Un enorme surtidor de agua amarillenta se elevaba hacia el cielo… Bajamos del coche para contemplarlo mejor, y el olor era fuerte y desagradable. Efectivamente olía a azufre, como dijo la tía Elvira que debía oler el infierno…

La abuela musitó:

– No me extraña, esto se veía venir… Con tanta indecencia e inmoralidad, es lógico que satanás salga del averno para venir a por nosotros.

Aunque nadie hacía demasiado caso a los comentarios apocalípticos de la abuela, a los que ya nos tenía acostumbrados, sus palabras me inquietaron… 

Allí se habían congregado bomberos, policía municipal, trabajadores del Ayuntamiento, y voluntarios, que con sus tractores, amontonaban sin demasiado éxito, piedras de gran tamaño en la boca del geiser para intentar taponarlo. Mientras tanto, varios concejales observaban con cara de preocupación la evolución de las tareas del cegado. Todo estaba resultando inútil.

A Tomás, que en aquellos momentos era la viva imagen de la desesperación, le dio una lipotimia, posiblemente a causa del disgusto, y tuvieron que acudir unos sanitarios a atenderle, mientras la gente se arremolinaba a su alrededor. Uno dijo que se había muerto. Otro añadió que le había dado un infarto, y nadie quería perderse el espectáculo de ver a la primera víctima del diabólico geiser.

– Natural, si se veía venir -insistía la abuela-. Si este hombre no iba nunca a misa… es un castigo divino.  

Mi padre la hizo callar.

– Mamá, por Dios, no digas esas cosas que te va a oír su familia.

– Pues que me oigan, no digo ninguna mentira. Su mujer tampoco creas que va demasiado…

La abuela era contumaz en sus apreciaciones, y más terca que una mula. Bueno, eso es lo que decía mamá…

A media tarde el agua sulfurosa ya había anegado por completo, no solo la huerta de Tomás, sino que el chorro a presión regaba el olivar que estaba un poco más abajo, y ya llegaba el agua hasta el viñedo de la finca de Nemesio, primo lejano de papá. Se trataba de un plantío reciente, que no tendría más de dos o tres años, de uva Syrah, emparrada, y con riego por goteo, que según decía le había costado un Congo.

ꟷ¡Qué ruina! ꟷSe lamentaba el pobre, y esto no sé si me lo cubrirá el seguro.  

¿Y cómo se habría producido aquel fenómeno tan extraño? Se preguntaban todos. Papá nos explicó a la hora de comer, que Tomás había querido hacer un pozo para regar la huerta, y había dado con una bolsa de agua azufrada. El problema es que no había pedido permiso, y según mi padre se le iba a caer el pelo… Supongo que lo decía en sentido figurado porque Tomás era totalmente calvo…

Como cada día acudía más y más gente de todos los pueblos de los alrededores a contemplar aquel fenómeno, mi hermano mayor que siempre demostró ser avispado para los negocios, pensó que sería una buena oportunidad para montar un puesto de refrescos.  Convenció a uno de los primos, que ya tenía carné de conducir, para que nos llevara hasta la huerta con la furgoneta de su padre, y allí nos instalamos debajo de una encina con cubos llenos de coca-colas y cervezas fresquitas cubiertas de hielo, que conservábamos en la nevera portátil que le habíamos cogido a la abuela.

Como las ventas iban viento en popa, pensamos ampliar el negocio a los bocadillos, pero papá se enteró (algún envidioso se debió de chivar) y clausuró el chiringuito sin contemplaciones. ¡Lástima, porque aquella empresa prometía…!

¡Aquel verano lo recuerdo como uno de los más divertidos de toda mi vida! 

CUENTO NAVIDEÑO: EL EXTRATERRESTRE

            

X3 era un pequeño extraterrestre. Sí, como los que salen en las películas, pero no tan feo como «ET». De hecho era bastante parecido a nosotros, si no fuera porque tenía seis dedos en cada mano, un extraño color azulado y los ojos, pequeños y muy juntos, plantados en mitad de la frente.

Había venido a la Tierra en misión de reconocimiento, formando parte de una expedición dirigida por el comandante AZ, al que todos temían por su endiablado carácter.  Para él lo más importante era la obediencia y exigía que se cumpliesen sus órdenes sin rechistar. Quien no cumpliera estrictamente sus instrucciones se arriesgaba a oír unos gritos que  hacían temblar al universo entero.  

Pues bien, en aquella misión, cada uno de los tripulantes de la nave nodriza tenía asignado un cometido concreto, y el de X3 era bajar a la Tierra con su pequeña nave, diseñada para un solo ocupante, y tomar muestras de agua en distintos mares y océanos. Después debía analizarlas para ver cuál de todas ellas era más adecuada para el consumo de los habitantes de su planeta, ya que allí solo tenían agua dulce y, los pobres  se pirraban por el agua salada de los mares terráqueos.

En una de las incursiones que hizo en la Tierra, estaba tomando muestras en el Mar Muerto cuando, distraído, tropezó con una rama, cayó al agua y vio que flotaba. ¡Jamás ningún habitante de cualquiera de los planetas de la Galaxia había disfrutado tanto como X3 al notar esa deliciosa sensación de ingravidez!

Estuvo durante horas jugando a intentar hundirse. Metía la cabeza en el agua, y al pretender sumergir el resto del cuerpo, el trasero le quedaba a flote en la superficie, chapoteando como un pato al pescar.

Se estaba bañando así de divertido cuando, de pronto, vio aparecer a lo lejos, una caravana que se le aproximaba. De Oriente llegaban tres Reyes Magos al frente de un enorme séquito, en busca de un Niño que había de nacer para salvar al mundo. Iban los tres montados en preciosos camellos. Uno de los Reyes era anciano de barba blanca; otro, negro como el azabache, y el tercero, el más joven, era pelirrojo. 

Los Magos como vieron a X3 tan azul, chapoteando y gesticulando con los brazos de manera tan exagerada, pensaron que pedía socorro porque se estaba ahogando, y los tres, sin dudarlo ni un momento, se lanzaron al agua para socorrerle.

Cuando le sacaron a la orilla y le vieron con aquellos ojillos pequeños y juntos, tantos dedos y hablando una jerga totalmente desconocida para ellos, pensaron que sin duda procedía de un país hasta entonces desconocido, ¡en el que la gente era muy, pero que muy fea…! 

A todo esto, mientras X3 se secaba e intentaba explicarles a sus tres “salvadores”, que estaba jugando en el agua, y que casi había olvidado el motivo de su misión, el comandante en jefe empezaba a impacientarse.

Le había ordenado volver a la nave nodriza en cuanto tomase una muestra de agua del Mar Muerto. ¿Qué estaría haciendo el botarate de X3 para demorarse tanto? ¿por qué no podía nunca cumplir una orden a la primera? Fue tan agudo el grito que soltó, que en toda la tierra se sintió un temblor, parecido a un terremoto.

Al notarlo X3, sabiéndose el causante del enfado de su jefe, se despidió a toda prisa de los Magos, y tomando su pequeña navecilla emprendió el regreso a la nave nodriza a toda velocidad, tanta, que dejó dibujada una estela en el cielo que, cuantos la vieron, creyeron se trataba de la estrella fugaz que dirigió a los Reyes Magos hasta el portal de Belén, en el que nació el Niño Jesús el 25 de Diciembre.

La extraña enfermedad

En la pequeña ciudad de provincias donde vivía, tenía fama de ser una chica rara. Y no porque fuera antipática, ni rehuyera el saludo, no era eso, sino porque era una mujer solitaria. Vivía semi enclaustrada en un caserón frío de dos plantas, que parecía un museo, repleto de cuadros de antepasados, porcelanas de Sevres, cortinajes de terciopelo descoloridos por el paso del tiempo, y bargueños del siglo XVIII comidos por la carcoma. 

Nunca se le conocieron amigas, ni pretendientes. Hija única, de una familia de grandes terratenientes, vivía con su madre viuda y una tía solterona. Apenas salían de casa, excepto en verano, que iban a pasar unos días a Alicante. Allí, por supuesto no bajaban a la playa, pero al atardecer daban algún paseíto y se sentaban en el paseo a tomar una horchata. ¡Esa era su máxima distracción!

Pero por fin un invierno ambas, madre y tía, murieron, al parecer de un catarro mal curado. A nadie extrañó su defunción, eran muy mayores y aquel museo o mausoleo en el que vivían, era gélido.

Pobre chica, decía la gente, ahora se ha quedado totalmente sola en el mundo.  Pero para sorpresa de todos, un fin de semana que fue de compras a Madrid, conoció al empleado de una tienda de electrodomésticos, donde casualmente, entró a comprar una cafetera, y a los tres meses se casaron.

Casilda, así se llamaba la chica, rondaba los cuarenta y tantos, y la boda le sentó muy bien. Liberarse de las estrictas normas de una madre y una tía beatonas, para pasar a ser una señora casada la rejuveneció. A partir de entonces modernizó su aspecto. Se cortó y se tiñó el pelo, que ya empezaba a estar muy canoso, y renovó todo su vestuario. Sin ser guapa resultaba atractiva, y además, como había leído todos los libros de la biblioteca familiar, poseía una vasta cultura.

El marido dejó su empleo de Madrid, y se fue a vivir a la ciudad de su flamante esposa, para dedicarse a ser el administrador de sus bienes y hacienda.

Huelga decir que lo primero que hicieron fue reformar aquel enorme caserón, que con la intervención de una decoradora de interiores, quedó precioso.

Todo parecía sonreír a la feliz pareja, pero sin embargo, a los dos años de haberse casado, el marido enfermó. Comenzó a tener pérdidas de sangre. Le hicieron todo tipo de pruebas y analíticas sin dar con la causa que provocaba las hemorragias. Le ingresaron en observación, y tras unos cuantos días hospitalizado mejoró notablemente. No obstante los episodios de las hemorragias volvieron a repetirse a la semana de estar nuevamente en casa. Le ingresaron otra vez, y cesaron las pérdidas. Regresó a casa y recayó…

Su doctora, amiga mía de la infancia, me explicó un día cenando, que estas extrañas recaídas cuando le daban de alta y regresaba al hogar, resultaban incomprensibles.

  • Mira María -me dijo-, no puedo probar nada, pero empiezo a sospechar que algo raro está ocurriendo en esa casa. Lo hemos valorado los compañeros del equipo de medicina interna y no le hallamos explicación…

La animé a presentar una denuncia en comisaría. Conseguimos una orden de registro, y a los pocos días, con un equipo de la policía judicial, me personé en la vivienda del matrimonio.

Casilda estaba en la cocina preparando unas albóndigas. Mientras tanto, el marido veía la televisión recostado en un sofá. Su aspecto me impactó. Blanco, delgadísimo, y con unas ojeras azuladas debajo de unos profundos surcos, me pareció la viva estampa de la muerte. Tomamos muestras del guiso para llevarlo a analizar, y en el registro no apareció ninguna sustancia venenosa, pero en el costurero se encontraron infinidad de alfileres con las puntas cortadas.

La prueba del laboratorio fue decisiva. Entre la carne picada de las albóndigas, encontraron las puntas de los alfileres causantes de los desgarros internos, que hubieran llevado a aquel desgraciado a una muerte segura.

¿Y por qué? ¿Qué podía haberla inducido a intentar asesinar a su marido a los pocos años de haberse casado con él? ¿Tal vez era un maltratador? ¿Quizás descubrió que tan solo buscaba su dinero y su posición social, y eso la humilló hasta el extremo de querer matarlo?

Tras largos e ininterrumpidos interrogatorios, con una frialdad estremecedora una tarde confesó la verdad. Aquel hombre, jamás la había atraído lo más mínimo. Ni su aspecto físico, ni sus modales, ni su conversación, la agradaban en absoluto.

Al casarse con él, solo buscaba quitarse de encima el estigma de “solterona”. Una vez alcanzado el propósito, ¿para qué continuar con la farsa? ¿Qué necesidad tenía de soportar a un hombre que roncaba de forma estrepitosa, sorbía la sopa ruidosamente, y se pasaba el día pegado a la televisión viendo partidos de futbol con el volumen a tope? Le resultaba insoportable, y pensó que ya había cumplido su cometido. Era una señora casada, que es lo que ella quería… Ya no le necesitaba para nada. Al contrario, era un estorbo permanente.

Nunca quiso quedarse soltera, ni ser una divorciada… Pero con aquel hombre, tampoco quería seguir estando casada.

La solución la vio simple: ¡ser viuda era su estado civil ideal!

El Funeral

El funeral de Alfredo fue multitudinario. 

Apenas se cabía en el pequeño tanatorio de El Grove. Nadie en el pueblo recordaba haber visto tantos coches imponentes con gente tan distinguida. Señoras enlutadas con gafas de sol muy oscuras, bolsos de marca enormes, y collares de perlas. Los caballeros llevaban todos trajes grises y corbatas negras de seda.

Desde luego el pequeño Alfrediño había prosperado mucho en los últimos años.

¿Quién lo hubiera dicho de aquel niño botarate del que, según su padre, no se podría hacer carrera? Sin embargo el maestro siempre pensó que aunque indisciplinado y alocado, era el chico más listo que jamás había conocido.  Aunque no le gustasen los estudios, tenía una facilidad natural para los números. Hacía operaciones mentalmente con más facilidad que el resto de sus compañeros con calculadora, y también tenía un don especial para los trapicheos. Intercambiaba cromos, canicas, tebeos y lo que surgiera, consiguiendo siempre   enredar a los demás para sacar tajada.

Recién cumplidos los 20 años, se fue a Pontevedra en busca de fortuna, y al poco, escribió a su madre contándole que con dos amigos, había montado un negocio de importación de cafés de Sudamérica.

Aunque provenía de una familia humilde de pescadores de la Ría de Arosa, gallegos nobles, trabajadores y buena gente, y él tenía una cultura muy escasa, gracias a su don de gentes y a su habilidad natural para los negocios, logró que prosperase todo aquello en lo que se embarcaba. Al café, le siguieron el tabaco, los vehículos usados, y hasta artículos de lujo con cuya importación y posterior venta, conseguía pingües beneficios a base de tejemanejes con los funcionarios de Aduanas.

Sabe Dios de qué manera, a base de su palabrería fácil y físico agraciado, consiguió encandilar a la hija de uno de los grandes empresarios turísticos de Pontevedra, a la que hizo creer que era un magnate de los negocios descendiente de una acaudalada familia de conserveros asturianos.

La boda se celebró en la Toja y a ella acudieron las personalidades más relevantes e influyentes no sólo de Galicia, sino de toda España.

En los círculos selectos, a los que accedió gracias a su matrimonio, se comentaba a sus espaldas su evidente falta de clase, pero ello no obstante le toleraban en sus reuniones, poniéndole incluso buena cara y riéndole los chistes, ya que en definitiva, aquel advenedizo, podía suministrarles cualquier tipo de mercancía o de sustancia, permitida o prohibida, sin hacer preguntas.

Alfredo no fue consciente del terreno pantanoso en el que se estaba metiendo hasta que ya fue demasiado tarde. Intentar hacer la competencia a los cárteles latinos de la droga, fue un error que le costó la vida.

Con apenas treinta años le hallaron muerto en el interior de su Ferrari último modelo, con un disparo en la cabeza y sus sesos desparramados por el interior del vehículo, tiñendo de rojo la tapicería de cuero blanco de los asientos.

A los dos años de su muerte, su viuda, que pasados los primeros meses de matrimonio y el enamoramiento inicial, ya se había percatado de que todo lo que rodeaba a su guapo marido era una farsa y un cúmulo interminable de embustes, rehízo felizmente su vida con un ingeniero de telecomunicaciones con el que tuvo cuatro hijos.

EL BARRIO DE MI NIÑEZ

Yo nací en una ciudad pequeña. Y no lo hice en un hospital, sino en casa como se estilaba en la época. Entre mi tía que era practicante y la comadrona contribuyeron a traerme al mundo. Parece ser que cuando la cosa estaba ya muy adelantada apareció el médico, básicamente para justificar sus honorarios.

Mi madre lo pasó francamente mal. Entonces no existían las epidurales. Tan sólo una mascarilla en la que echaban unas gotas de cloroformo y había que inhalar profundamente. Según mamá, aquello era un engañabobos que no producía ningún efecto anestésico. Yo, además de ser pesada y lenta para nacer, me negué a comer. Lo único que se me daba bien era berrear día y noche.

Vivíamos al lado de la “media luna” una plazoleta semicircular que, seguro que tenía un nombre, pero nadie lo utilizaba nunca. Es curioso, pero las calles se conocían por su ubicación o por los comercios que había en ellas. Solíamos decir: “Ves a la calle de la estación… o está enfrente de la zapatería…” y en ocasiones, se usaban circunloquios muy divertidos como: “lo encontré en la tiendecilla del callejón que sale de la calle de correos, delante de la perfumería grande”. ¡Cuánto más fácil hubiera sido decir el nombre de la calle o del comercio! pero no, así era mucho más entretenido. La cosa se complicaba algo cuando por ejemplo había dos farmacias. Una era la del “pelao” porque el boticario era calvo, y para referirnos a la distinta decíamos: “la del “pelao no, la otra”.

A mis padres les encantaba llevarme a pasear en el cochecito por el barrio. Como era una niña graciosa y en aquellos tiempos todo el mundo se conocía, les paraban para mirarme, echarme piropos y hacerme monerías, y papá se sentía ufano como un pavo real. Creo que eso me salvó, porque si encima de lo que les hice padecer para comer, hubiera sido fea, me hubieran tirado por el balcón, ¡seguro!

El colegio estaba tan solo a dos manzanas de mi casa, con lo que desde muy pequeña me dejaron ir y volver sola. Únicamente tenía que cruzar un par de calles estrechas por las que jamás pasaba ningún vehículo. De todos modos, me inculcaron que me debía parar siempre y mirar a izquierda y derecha antes de atravesar la calzada, y además, mamá se quedaba en el balcón vigilándome, hasta que al doblar una esquina desaparecía de su vista.  

Recuerdo que por las mañanas me encantaba salir de casa temprano para ir al cole con tiempo para ver cómo se iban abriendo las tiendas. Ese despertar del barrio me producía una gran alegría. Como los dueños de los colmados sabían quién era, iba saludándoles a todos. A esas horas estaban sacando a la calle las cajas con la fruta y las verduras, y siempre me daban algún caramelo.

Sobre todo, lo que más me gustaba, era mirar las novedades que había en un quiosco pequeño que estaba instalado en un portal, en el que vendían tebeos, cuentos infantiles y golosinas. El dueño era más bien adusto, siempre con una colilla colgando del labio inferior y con barba de varios días. Debía estar hasta las narices de todos nosotros que entrábamos, lo revolvíamos todo, y la mayoría de las veces salíamos sin comprarle nada. ¡Pobre hombre! Ahora que reparo en ello, creo que nunca he vuelto a ver comercios en portales, pero en aquella época eran frecuente.

Muy cerca de mi casa vivía mi mejor amiga del colegio, y muchas tardes, cuando salíamos de clase, merendábamos juntas pan con chocolate, que era la merienda tradicional de la época, y luego bajábamos a jugar a la calle con otros vecinos del barrio.

Otro recuerdo que tengo muy presente de cuando era pequeña, es el del repique de campanas. Justo al lado de donde vivíamos había una iglesia, y el campanario estaba a menos de cien metros. Los toques eran incesantes a lo largo del día. Tocaban al alba, al ángelus, a misa, a difuntos, y además, daban las horas y los cuartos. Unas veces volteaba la campana alta del carrillón, y otras, las pequeñas. Mamá me explicaba el significado de cada uno de los repiques, pero si conseguí entenderlo alguna vez, ya se me ha olvidado. Lo que sí recuerdo perfectamente es que tenían una curiosa habilidad para ponerse a repiquetear en el momento más interesante del diálogo de las películas. Papá, que encima era un poco sordo, siempre preguntaba: “¿Qué ha dicho? ¿lo habéis oído?” Pero no, nadie podía haberlo entendido. Creo que el sacristán lo hacía a mala idea…

En la plazoleta de la iglesia había unos árboles gigantescos, o al menos a mí me lo parecían, y en ellos anidaban infinidad de pájaros. Cuando empezaba a amanecer se oían los primeros trinos. Al principio tímidamente, pero conforme iba avanzando el día se convertían en una auténtica algarabía. Además nosotros vivíamos en el último piso del edificio, debajo del tejado, y allí había unos huecos para la ventilación que aprovechaban las golondrinas y las palomas para instalar sus nidos. Siempre que a lo largo de la vida he oído el zureo de las palomas, ese sonido me ha transportado a mi infancia y primera juventud.

Sin duda alguna aquellos años en los que vivía rodeada del cariño de mi familia, y en los que podía jugar correteando libremente por las calles y plazoletas del barrio, fueron los más felices de toda mi vida.     

El desconocido

Jamás hubiera imaginado que me iría sola de viaje a un crucero por la Polinesia. Si tomé esa decisión fue por un reto, un desafío hacia mí misma: “No serás capaz– me decía- siempre has sido muy cobarde…”.  

Realmente, la mayoría de las cosas que había hecho en la vida me habían venido impuestas por la familia, las buenas costumbres o las circunstancias: “Tienes que estudiar farmacia como tu padre”, me habían repetido incesantemente desde muy pequeña. Y lo hice. “Te has de casar joven y tener los hijos pronto, para que así jueguen y se críen juntos”, y también lo hice.

Lo que no estaba previsto, ni entraba en mis cálculos, ni nadie me había advertido, es que a los cuarenta años, el cretino de mi marido me dejaría plantada para irse a vivir con un pendón veinte años más joven que él; que mis tres hijos, aquéllos que me recomendaron insistentemente que debía tener muy seguiditos para que se criasen juntos, iban a  estar, los tres a la vez, estudiando en los Estados Unidos; y que mis queridos padres, los de los buenos  consejos, se instalarían a vivir plácidamente su retiro, en un pueblecito de la costa de Almería… Pasé de tener una familia, a encontrarme absolutamente sola, deprimida y triste.

En aquel crucero confiaba en poder descansar, leer, reflexionar sobre mi situación, y adquirir a base de sol y gin-tonics, las fuerzas necesarias para enfrentarme a mi nueva vida.    

Durante una de las excursiones en lancha por aquellas paradisíacas playas de arena blanca y vegetación exuberante, reparé en la cabeza de un hombre sentado dos filas delante de la mía. No podía apartar la vista de su nuca. Me gustaba su pelo muy corto y canoso. Su cuello moreno. Su espalda ancha… Vi cómo pasaba amorosamente el brazo por encima de los hombros de su compañera de asiento. Aquel brazo, tostado por el sol, cubierto de bello castaño, me pareció musculado y magnífico. La mano con la que sujetaba el hombro de su acompañante era grande, con dedos largos y fuertes. En ese momento envidié a aquella mujer. ¡Qué segura y protegida se debía sentir!

Fue una sensación intensa, nueva para mí y casi física, que me produjo un cosquilleo en el estómago.  Deseé a aquel desconocido…

Finalizada la excursión, de regreso al barco, busqué la manera de hacerme la encontradiza y entablar conversación con la pareja. Los vi en la cubierta superior bebiendo un Martini. Tomé asiento a su lado, les sonreí, e intenté comentar algo sobre los maravillosos lugares que acabábamos de visitar. Imposible entenderme con ellos ni en inglés, ni en francés. Parecían rusos. ¡Vaya por Dios, qué mala suerte…!

Cuando se levantaron, les seguí.  El azar quiso que tuvieran el camarote en el mismo pasillo que el mío. Salí al exterior de la suite para ver si los podía ver desde allí. Efectivamente, estaban tumbados en las hamacas de su terracita contemplando el mar en silencio. De pronto, vi que hablaban entre ellos y él se levantó como si fuera a buscar algo. Rápidamente fui a la puerta, la entreabrí y vi que venía caminando por el pasillo en dirección hacia mí camarote. El corazón me latía con tal intensidad que temí desmayarme. Justo cuando pasó por delante de mi puerta, la abrí bruscamente y tropezando con él, hice como si me hubiera caído. El ruso, me reconoció y, pidiendo excusas (“sorry, sorry”), intentó incorporarme. Fingí haberme lastimado un tobillo y no poder apoyar el pie en el suelo. En vista de que era imposible levantarme, me cogió en brazos y me introdujo en mi camarote, depositándome delicadamente sobre la cama.

A partir de ese momento todo ocurrió a una velocidad vertiginosa. Incomprensiblemente, me vi haciendo el amor con un desconocido; con alguien con quien no podía intercambiar ni una sola palabra, y de quien no sabía absolutamente nada… ¡Fue una auténtica locura, un despropósito contrario a la moral, y totalmente impropio de alguien con mi educación y principios…!

Durante el resto del viaje apenas me atreví a salir del camarote por temor a encontrarme con el ruso. Estaba tremendamente avergonzada, pero por otro lado me sentía feliz. Me había vengado de mis padres, del imbécil de mi marido y de mis hijos. Seguro que todos desaprobarían mi conducta. Pero, por primera vez en mi vida, a los cuarenta años, había infringido las normas y eso me llenaba de satisfacción.