LA NAVE

Embarcaron en  el puerto de Gran Canaria. Tenía que ser una travesía de 8 días con escala en Tenerife; en el archipiélago de Madeira donde visitarían Funchal, la Isla de Porto Santo, y de regreso, harían escala en Agadir, para finalizar viaje en Lanzarote. Se trataba de un crucero de lujo. Todo era muy selecto y exclusivo. El  barco pequeño, de  tan sólo doce camarotes  y  la numerosa tripulación totalmente dedicada a que los pasajeros tuvieran una agradable estancia a bordo y se  vieran atendidos hasta en los más mínimos detalles.  El pasaje era variado: Matrimonios maduros en viaje de placer. Parejas de recién casados de luna de miel,  y jubilados que se auto regalaban un crucero para celebrar  haber llegado a la edad del retiro  con salud para disfrutar y dinero para gastar. También viajaban dos hermanas divorciadas, cincuentonas de buen ver y con muchas ganas de pasarlo bien,  y una madre de aspecto autoritario con un hijo jovenzuelo que se sonrojaba cada vez que, en los estrechos pasillos de la embarcación,  se cruzaba con alguna de las hermanas.

Al quinto día de navegación, cuando el barco se encontraba a mitad camino entre la isla de Madeira y Agadir, ocurrió algo insólito. Estaban tomando el fresco  en  cubierta después de una copiosa y exquisita cena. Era una cálida noche de verano  y todos  charlaban animadamente en corrillos. Los días que ya habían transcurrido de crucero sirvieron para que todos los pasajeros se conociesen y,  en aquel  reducido espacio y  en un  ambiente de vacaciones y diversión, se había creado entre ellos un clima de cordialidad y confianza, como si se conociesen de muchísimo tiempo atrás.  Una de las parejas de recién casados estaba mirando al mar, apoyados en la barandilla de la amura de estribor, cuando algo llamó su atención. Avisaron de inmediato al resto para que se asomasen a la barandilla y observaran el fondo marino. 

En efecto, en  las profundidades se apreciaban luces que se movían rápidamente de un lado a otro. Todos miraron instintivamente al cielo por si pudiera ser el reflejo de algún avión, mas el cielo estaba cuajado de estrellas brillantes pero sin rastro  de nave de ningún tipo.  Pensaron que tal vez se tratase de submarinos, y alborozados e incrédulos, mandaron a uno de los camareros en busca del capitán  para que les explicara de qué pudiera tratarse. Todos estaban ensimismados en la visión de las luces que parecía que cada vez estaban más cerca de la superficie. No sintieron miedo, por el contrario una increíble sensación de paz y de curiosidad les invadía. Nadie dijo ni una sola palabra, ni un ademán de aspaviento, ni tan siquiera se alejaron de la barandilla. Admirados y expectantes observaban los movimientos del oleaje y la cada vez mayor proximidad de la luz. De pronto, un artefacto luminoso surgió de entre las aguas elevándose a pocos metros de la superficie. Permaneció inmóvil unos instantes y, como una exhalación desapareció en el cielo. Las luces del fondo del mar desaparecieron también y allí quedaron todos atónitos sin saber qué es lo que había ocurrido. Salvo el capitán, que en sus numerosos viajes había tenido ocasión de presenciar el fenómeno en diversas ocasiones. En tono paternal les aconsejó que de  lo que acababan de ver, era mejor no hablar. No les creerán, dijo, y les tomarán por embusteros o locos. ”Ellos” han estado aquí desde siempre, aún antes que nosotros…

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