DISTOPÍA

Se despertó muy temprano, con las primeras luces que penetraban entre las lamas de la persiana sólo bajada a medias. Se levantó de un brinco evitando hacer ruido. Juan roncaba a su lado.

Fue descalza a ver a los niños. Ambos dormían profundamente. Entornó la puerta para que no se despertaran. Era sábado.  No había prisa. 

“De hoy no pasa” –pensó Ana– lo tengo que hacer…”

Se lavó la cara rápidamente, se puso una chaqueta encima del camisón y fue a la pequeña librería que habían instalado en un rincón de la sala. Estaba impaciente. Rebuscó palpando por detrás de una antiquísima colección de arte que había pertenecido a su bisabuelo y que conservaban por motivos sentimentales. A ella le apasionaba el tacto de aquel papel fino y satinado de los libros antiguos, aunque con las reducidas dimensiones del apartamento, encajar aquella reliquia había sido todo un reto. Tocó con la punta de los dedos el lomo de piel de un libro. Allí estaba. ¡El libro de recetas de la abuela! Sabía que lo había escondido bien, porque estaba prohibido.

Todos los libros y CDs de recetas de cocina habían sido quemados en hogueras en las plazas públicas y, quien conservara alguno, se arriesgaba a ser sancionado con cuantiosas multas.

También había sido suprimida su referencia de todas las bases de datos. Todos los alimentos debían ser saludables y controlados por la Administración. El erario público no podía sostener el coste sanitario que anualmente representaban las enfermedades por una mala nutrición.

Los diabéticos debían pagar la insulina con sus propios fondos, y si no disponían de efectivo, se embargaban sus bienes. Los asmáticos, bronquíticos y demás enfermos de vías respiratorias, habían sido confinados en viejos hospitales sin apenas mantenimiento, aislados entre montañas, totalmente alejados de las ciudades.

El abuelo de Ana murió a los cincuenta y pocos años, en uno de aquellos edificios fríos y medio ruinosos. No se ofició ninguna ceremonia de despedida y lo enterraron en una fosa común. Las autoridades sanitarias consideraron que no que no merecía más: Había sido fumador…

Ana recordaba muy vagamente el sabor de los dulces, de los pastelillos de nata, del chocolate… Cuando era muy pequeña su madre la llevó en una ocasión a una pastelería. Aquella imagen no se le podría olvidar jamás…

Necesitaron un salvoconducto del tío Pedro, que era concejal del Ayuntamiento, acompañado de sendos certificados médicos que acreditaban que ninguna de las dos padecían hiperglucemia. Pero a pesar de eso, al entrar en la pastelería, a su madre la pincharon en un dedo para comprobar el nivel de azúcar, y a Ana, como se echó a llorar al ver la aguja y la gota de sangre en la yema del dedo de su mamá, no la pincharon pero la hicieron orinar en un tubo de ensayo que se llevaron a analizar a la trastienda del establecimiento.   

Una vez que comprobaron que todo estaba en orden, les sirvieron a ambas un chocolate con nata, y churros con mucho azúcar, que les supieron a gloria bendita. ¡Pero ahora era impensable! Ya no existían las confiterías, ni se vendían dulces en las tiendas…

Por eso pensó que ella tenía que hacer algo. No podía permitir que sus hijos no hubieran probado jamás nada azucarado. Ni tan siquiera conocían el significado de la palabra “dulce”. Ese sabor era un misterio para ellos. Algo desconocido y enigmático.

¡Su decisión era firme! Haría un pastel, o mejor mermelada de naranja que precisaba de menos ingredientes. En el viejo libro de recetas, vio que tan sólo necesitaba naranjas, agua y azúcar… ¡Oh! pero si el azúcar era uno de los productos prohibidos… Tal vez pudiera conseguirlo en el mercado negro. Lo tenía que intentar. Se vistió rápidamente y cuando bajaba corriendo por las escaleras vio subir al “sustanciador”.

– Buenos días, Ana –dijo el hombre- ¿Hoy no vas a necesitar hueso?

Era cierto, los sábados estaba permitido hacer caldo de verduras al que se le podía hervir durante tres minutos un hueso de jamón, para que le diese sustancia… ¿Cómo lo podía haber olvidado? ¡Si era un manjar exquisito que esperaba su familia durante toda la semana…! Los niños soñaban con que llegase el sábado para comer “cocido”.

– Por supuesto que lo necesito. Casi se me olvida, ¡qué cabeza! –se disculpó con el sustanciador que, además, tenía con ella la deferencia de subir a su casa cuando el hueso estaba recién cambiado y dejaba buena sustancia.

A la vecina del 2º1ª, que era una vieja antipática y le caía mal, la dejaba la última, y cuando iba a su casa, el hueso ya estaba medio seco. Ella se quejaba siempre, pero el sustanciador la callaba diciendo que las familias con niños pequeños tenían preferencia.

Ana condujo al hombre hasta la pequeña cocina en la que tan sólo había un hornillo. ¿Para qué más? Si apenas se podía cocinar nada. La carne, los lácteos y los huevos también eran alimentos prohibidos y, únicamente en casos muy excepcionales, bajo estricto control médico, se podían adquirir en centros especiales autorizados para su venta, y siempre bajo prescripción facultativa.    

El sustanciador sacó de un gran maletín metálico que llevaba sujeto a su muñeca con una cadena, un magnífico hueso de jamón que introdujo en la olla mientras controlaba el tiempo en el minutero de su reloj.

– ¡Tres minutos, listo!dijo-. ¡Disfrutad del cocido! -y sacando el hueso de la olla y volviendo a guardarlo delicadamente en el maletín, se marchó a otro piso.

“Bueno- pensó Ana-. La mermelada la dejaré para otro día, no sea que hoy, con tanta comida calórica, se me pongan malos de un atracón…”

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2 thoughts

    • ¡Jajaja! La historia del «sustanciador» la contaba siempre mi padre… Decía que era rigurosamente cierto que en los pueblos iba un tío por las casas con un hueso de jamón, que dejaba unos minutos en el puchero para dar sustancia al caldo… Eso me ha servido para crear este terrible relato futurista…

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