Relato inspirado en «El día de la marmota»

EL ASESINATO DE PRIM

Primer día:

-Diablos que manera de nevar -dijo el general mirando a la calle desde una de las ventanas de su habitación del Palacio de la Gobernación.

-Cariño, es 27 de diciembre, es normal que nieve –replicó Paquita mientras sentada junto a la chimenea, extendía mermelada de fresa sobre la tostada que sujetaba entre los dedos.

-Sí, pero este temporal de nieve va a hacer el viaje a Cartagena interminable y complicado. El bueno de Amadeo podría haberse decidido antes, y no esperar a que se nos echase el frío encima…

-Bueno, pero al final ha accedido, y tanto Montpensier como Serrano, se han quedado con un palmo de narices.

Mientras su mujer sorbía con placer su taza de café, Juan Prim terminó de abrocharse los botones dorados de la guerrera y echándose por los hombros su abrigo de piel de oso, se acercó a ella y dándole un suave beso en la mejilla, le susurró al oído:

-O vuelvo con él cogido de una oreja, o no vuelvo… Ya sabes, «caja o faja» -y ambos rieron divertidos recordando el día que había pronunciado aquella frase. 

Abajo le esperaba su ayudante personal al que dio los buenos días mientras se ponía los guantes.

-Aunque hoy tengo sesión en las Cortes, quiero regresar pronto a casa, que mañana nos espera un viaje pesado. Con tanta nieve todavía llegará Amadeo antes que nosotros… ¡Estaría bueno! –dijo el general riendo y mostrando sus blanquísimos dientes- con lo que me ha costado convencerle…  

En el Parlamento se entretuvo más de lo previsto, y le disgustó la frase que le lanzó José Paul y Angulo, aquel señoritingo jerezano, republicano, que en tono de amenaza le espetó: “A todo cerdo le llega su San Martín”.

¡Brabucón estúpido!, pensó el general dirigiéndose a la salida donde aguardaba su coche.  

Entró en la berlina verde y tras él su secretario. Cuando llegaron a la Calle del Turco dos carruajes les cerraron el paso. Tres individuos armados dispararon a bocajarro contra él por ambos lados de coche.  Recibió varios disparos en la mano con la que intentaba protegerse, y en el hombro. Su fiel asistente también resultó herido intentando cubrirle, y gracias a la habilidad del cochero, lograron zafarse de los asaltantes y llegar al palacio de Gobernación. Consiguió subir las escaleras por su propio pie, e incluso tranquilizar a su esposa que salió a su encuentro sobresaltada. Los médicos le extrajeron ocho balas del pecho y perdió varias falanges de la mano derecha.

Segundo día:

Era temprano y hacía frío, mucho frío. El general Prim, apartando los visillos de la ventana, miró al exterior y vio que nevaba intensamente.

-¡Por todos los Santos! –exclamó- ¿Cuándo va a dejar de nevar de una vez? 

-Cariño, es 27 de diciembre, es normal que nieve -respondió Paquita extendiendo mermelada sobre su tostada.

El general la miró sorprendido. Le pareció imposible que su mujer pudiera confundirse de día, ¡si era su secretaria más efectiva, lo recordaba siempre todo…!

-¿Cómo dices…? Hoy es día 28, y me voy a Cartagena a recoger a Amadeo. ¿No lo recuerdas?

-¡Juan, por Dios, hoy es 27! Si notan que empiezas a tener despistes y lapsus de memoria, estás acabado. Se lanzarán sobre ti como lobos. ¡Pues anda que no te tienen ganas… y sobre todo Montpensier! Ese no te perdona que le vetases por Borbón.

De pronto Prim recordó el sueño de la noche anterior. ¡Menuda pesadilla! Le acribillaban a tiros en su propia berlina. Tenía que andarse con cuidado con los republicanos y sobre todo con el tal José Paul. No era trigo limpio…Pero también le odiaba Serrano, y los Cubanos no digamos… ¡enemigos no le faltaban…!

Ese mismo día al salir de las Cortes tuvo un encontronazo con Paul. Se atrevió a gritarle: “A todo cerdo le llega su San Martín”. ¿Sería una amenaza…? Y de serlo, ¿ cómo se atrevía a lanzarla en público?

De regreso a casa, en la Calle del Turco, dos carruajes se cruzaron en la calzada cortándoles el paso. De entre las sombras salieron tres individuos que corrieron hacia su coche y abrieron fuego contra él a quemarropa. Le hirieron en la mano y en el hombro. ¡Tal como lo había soñado…!

Tercer día:

Estas imágenes se repitieron una y otra vez en la mente del general durante los siguientes días. No sabía si lo estaba soñando o realmente había ocurrido. La fiebre no cedía pese a las sangrías y los paños de agua fría que colocaba Paquita sobre su frente y sus muñecas.

Tres días después, precisamente el 30 de diciembre, fecha en la que desembarcó en Cartagena Amadeo de Saboya, moría Prim como consecuencia de la septicemia causada por las heridas infectadas. O, ¿tal vez fue estrangulado en su propia cama…? Eso nunca lo sabremos… Pero como decía su mujer cargada de razón: enemigos no le faltaban…

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