El desconocido

Jamás hubiera imaginado que me iría sola de viaje a un crucero por la Polinesia. Si tomé esa decisión fue por un reto, un desafío hacia mí misma: “No serás capaz– me decía- siempre has sido muy cobarde…”.  

Realmente, la mayoría de las cosas que había hecho en la vida me habían venido impuestas por la familia, las buenas costumbres o las circunstancias: “Tienes que estudiar farmacia como tu padre”, me habían repetido incesantemente desde muy pequeña. Y lo hice. “Te has de casar joven y tener los hijos pronto, para que así jueguen y se críen juntos”, y también lo hice.

Lo que no estaba previsto, ni entraba en mis cálculos, ni nadie me había advertido, es que a los cuarenta años, el cretino de mi marido me dejaría plantada para irse a vivir con un pendón veinte años más joven que él; que mis tres hijos, aquéllos que me recomendaron insistentemente que debía tener muy seguiditos para que se criasen juntos, iban a  estar, los tres a la vez, estudiando en los Estados Unidos; y que mis queridos padres, los de los buenos  consejos, se instalarían a vivir plácidamente su retiro, en un pueblecito de la costa de Almería… Pasé de tener una familia, a encontrarme absolutamente sola, deprimida y triste.

En aquel crucero confiaba en poder descansar, leer, reflexionar sobre mi situación, y adquirir a base de sol y gin-tonics, las fuerzas necesarias para enfrentarme a mi nueva vida.    

Durante una de las excursiones en lancha por aquellas paradisíacas playas de arena blanca y vegetación exuberante, reparé en la cabeza de un hombre sentado dos filas delante de la mía. No podía apartar la vista de su nuca. Me gustaba su pelo muy corto y canoso. Su cuello moreno. Su espalda ancha… Vi cómo pasaba amorosamente el brazo por encima de los hombros de su compañera de asiento. Aquel brazo, tostado por el sol, cubierto de bello castaño, me pareció musculado y magnífico. La mano con la que sujetaba el hombro de su acompañante era grande, con dedos largos y fuertes. En ese momento envidié a aquella mujer. ¡Qué segura y protegida se debía sentir!

Fue una sensación intensa, nueva para mí y casi física, que me produjo un cosquilleo en el estómago.  Deseé a aquel desconocido…

Finalizada la excursión, de regreso al barco, busqué la manera de hacerme la encontradiza y entablar conversación con la pareja. Los vi en la cubierta superior bebiendo un Martini. Tomé asiento a su lado, les sonreí, e intenté comentar algo sobre los maravillosos lugares que acabábamos de visitar. Imposible entenderme con ellos ni en inglés, ni en francés. Parecían rusos. ¡Vaya por Dios, qué mala suerte…!

Cuando se levantaron, les seguí.  El azar quiso que tuvieran el camarote en el mismo pasillo que el mío. Salí al exterior de la suite para ver si los podía ver desde allí. Efectivamente, estaban tumbados en las hamacas de su terracita contemplando el mar en silencio. De pronto, vi que hablaban entre ellos y él se levantó como si fuera a buscar algo. Rápidamente fui a la puerta, la entreabrí y vi que venía caminando por el pasillo en dirección hacia mí camarote. El corazón me latía con tal intensidad que temí desmayarme. Justo cuando pasó por delante de mi puerta, la abrí bruscamente y tropezando con él, hice como si me hubiera caído. El ruso, me reconoció y, pidiendo excusas (“sorry, sorry”), intentó incorporarme. Fingí haberme lastimado un tobillo y no poder apoyar el pie en el suelo. En vista de que era imposible levantarme, me cogió en brazos y me introdujo en mi camarote, depositándome delicadamente sobre la cama.

A partir de ese momento todo ocurrió a una velocidad vertiginosa. Incomprensiblemente, me vi haciendo el amor con un desconocido; con alguien con quien no podía intercambiar ni una sola palabra, y de quien no sabía absolutamente nada… ¡Fue una auténtica locura, un despropósito contrario a la moral, y totalmente impropio de alguien con mi educación y principios…!

Durante el resto del viaje apenas me atreví a salir del camarote por temor a encontrarme con el ruso. Estaba tremendamente avergonzada, pero por otro lado me sentía feliz. Me había vengado de mis padres, del imbécil de mi marido y de mis hijos. Seguro que todos desaprobarían mi conducta. Pero, por primera vez en mi vida, a los cuarenta años, había infringido las normas y eso me llenaba de satisfacción.

Digiprove sealCopyright secured by Digiprove © 2021 Gloria López de María Rodríguez

3 thoughts

  1. Un personaje que se libera de la imposiciones de la vida, a traves de una experiència hacia la que le guían sus instintos, y le resulta además de una liberación, una venganza, pero al parecer paga billete con su conciencia a traves de la vergüenza, un artilugio que adquirimos para obligarnos a sentirnos integrados en un grupo y sus normativa, moral y social. El relato me lleva a pensar, en una idea que siempre llevo conmigo, nuestra sociedad, sus usos, sus convencionalismos, no están diseñados para hacernos más felices, y por ello desprecia el instinto, que sí es un mecanismo evolutivo, que en comunión con la conciencia, busca nuestra felicidad cubriendo nuestros verdaderos deseos. Buen relato, bien narrado, Gloria, me gustó.

    • Gracias Mik! Lo que te puedo asegurar es que me reí horrores escribiendo este relato. Incluso cuando lo releo, me sigue resultando divertida la situación, y sobre todo pensar en la cara de satisfacción de la protagonista, que aún a sabiendas de que está contraviniendo todas las normas, está orgullosa de por fin haber hecho lo que le venía en gana…!

  2. Me imagino, al personaje respirando hondo y riéndose de los fantasmas del pasado, jactándose ante ellos, pero cuando el personaje se siente avergonzado, ¿no es en cierto modo, una pequeña victoria de dicho pasado? aún así creo que la victoria es suya, porque ninguna revolución comienza cortando la cabeza del un rey. Un abrazo ¡¡

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