UN GEISER EN LA MANCHA

Todos los veranos íbamos al pueblo de mi padre a pasar unos días con la abuela y con los tíos. Nos encantaba la libertad de poder corretear por las calles, jugar con los primos, reunirnos en el parterre para organizar el plan del día, ir a la ermita en bicicleta, coger moras, o bajar a bañarnos al río.  

Aquel mes de agosto, el sol caía con rabia sobre la meseta. Era casi imposible permanecer bajo sus rayos. Únicamente estando mojado se podía aguantar al sol unos minutos. A mamá le gustaba nadar en la piscina y al salir, embadurnarse de crema solar tumbada en una de las hamacas del porche. Para la piscina se usaba el agua del pozo, que por esos extraños misterios de la naturaleza, siempre estaba helada. A pesar de que ya hacía casi un mes que la habían llenado, yo seguía sin meterme voluntariamente. Otra cosa era que me tirasen mis hermanos mayores, siempre abusando de los pequeños…

Cuando esa mañana salí a comprar el pan (que era mi obligación veraniega), me enteré de la gran noticia. Volví a casa corriendo para contárselo a mi familia. Papá estaba en el jardín con las tijeras de podar, cortando una enredadera salvaje que había brotado al lado de los rosales, que con tanto mimo cuidaba la abuela.  

ꟷ ¡Papá, papá, ha salido un geiser! ꟷgrité lleno de excitación por ser el primero en dar el parte.

ꟷ¿Qué dices? ¿Cómo va a salir un geiser de repente, en mitad de la Mancha?

ꟷ ¡Que sí papá, lo juro! ¡En la finca de Tomás, ha aparecido esta mañana, y es altísimo…! Ha ido todo el mundo a verlo…

Mi padre se puso una camisa sobre el bañador y se asomó a la puerta que daba a la plaza. Allí no se hablaba de otra cosa. Todo el mundo comentaba la noticia.  Efectivamente en el huerto de Tomás, que estaba a escasos kilómetros del pueblo, había surgido un geiser que lanzaba agua sulfurosa a docenas de metros de altura. ¡Algo así no nos lo podíamos perder!  Acudimos toda la familia a verlo. Subimos, no sé muy bien cómo, en el todoterreno: mis padres, mis hermanos, la abuela, la tía Elvira y Jak, el perro. 

En el camino de tierra que conducía a la parcela de Tomás, por el que solo transitaba esporádicamente algún tractor, aquel día había un tráfico intenso. Conforme nos íbamos aproximando se veían coches aparcados en las cunetas, y un poco más adelante el espectáculo nos dejó boquiabiertos. Un enorme surtidor de agua amarillenta se elevaba hacia el cielo… Bajamos del coche para contemplarlo mejor, y el olor era fuerte y desagradable. Efectivamente olía a azufre, como dijo la tía Elvira que debía oler el infierno…

La abuela musitó:

– No me extraña, esto se veía venir… Con tanta indecencia e inmoralidad, es lógico que satanás salga del averno para venir a por nosotros.

Aunque nadie hacía demasiado caso a los comentarios apocalípticos de la abuela, a los que ya nos tenía acostumbrados, sus palabras me inquietaron… 

Allí se habían congregado bomberos, policía municipal, trabajadores del Ayuntamiento, y voluntarios, que con sus tractores, amontonaban sin demasiado éxito, piedras de gran tamaño en la boca del geiser para intentar taponarlo. Mientras tanto, varios concejales observaban con cara de preocupación la evolución de las tareas del cegado. Todo estaba resultando inútil.

A Tomás, que en aquellos momentos era la viva imagen de la desesperación, le dio una lipotimia, posiblemente a causa del disgusto, y tuvieron que acudir unos sanitarios a atenderle, mientras la gente se arremolinaba a su alrededor. Uno dijo que se había muerto. Otro añadió que le había dado un infarto, y nadie quería perderse el espectáculo de ver a la primera víctima del diabólico geiser.

– Natural, si se veía venir -insistía la abuela-. Si este hombre no iba nunca a misa… es un castigo divino.  

Mi padre la hizo callar.

– Mamá, por Dios, no digas esas cosas que te va a oír su familia.

– Pues que me oigan, no digo ninguna mentira. Su mujer tampoco creas que va demasiado…

La abuela era contumaz en sus apreciaciones, y más terca que una mula. Bueno, eso es lo que decía mamá…

A media tarde el agua sulfurosa ya había anegado por completo, no solo la huerta de Tomás, sino que el chorro a presión regaba el olivar que estaba un poco más abajo, y ya llegaba el agua hasta el viñedo de la finca de Nemesio, primo lejano de papá. Se trataba de un plantío reciente, que no tendría más de dos o tres años, de uva Syrah, emparrada, y con riego por goteo, que según decía le había costado un Congo.

ꟷ¡Qué ruina! ꟷSe lamentaba el pobre, y esto no sé si me lo cubrirá el seguro.  

¿Y cómo se habría producido aquel fenómeno tan extraño? Se preguntaban todos. Papá nos explicó a la hora de comer, que Tomás había querido hacer un pozo para regar la huerta, y había dado con una bolsa de agua azufrada. El problema es que no había pedido permiso, y según mi padre se le iba a caer el pelo… Supongo que lo decía en sentido figurado porque Tomás era totalmente calvo…

Como cada día acudía más y más gente de todos los pueblos de los alrededores a contemplar aquel fenómeno, mi hermano mayor que siempre demostró ser avispado para los negocios, pensó que sería una buena oportunidad para montar un puesto de refrescos.  Convenció a uno de los primos, que ya tenía carné de conducir, para que nos llevara hasta la huerta con la furgoneta de su padre, y allí nos instalamos debajo de una encina con cubos llenos de coca-colas y cervezas fresquitas cubiertas de hielo, que conservábamos en la nevera portátil que le habíamos cogido a la abuela.

Como las ventas iban viento en popa, pensamos ampliar el negocio a los bocadillos, pero papá se enteró (algún envidioso se debió de chivar) y clausuró el chiringuito sin contemplaciones. ¡Lástima, porque aquella empresa prometía…!

¡Aquel verano lo recuerdo como uno de los más divertidos de toda mi vida! 

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