Fragmento MUJERES ENTRE GUERRAS

Fragmento del primer capítulo de mi novela MUJERES ENTRE GUERRAS, que a principios de abril ya estará en las librerías y en venta online.

En el momento de embarcar, Carmen tuvo el desagradable presentimiento de que iba a pasar toda la travesía mareada. Por desgracia, pocas veces le fallaba la intuición. “Además de triste, ¡vomitando! Pues sí que empezamos bien…”, se dijo para sí. 

Tomás, sin embargo, estaba muy emocionado y correteaba por la cubierta del barco con la impaciencia propia de sus pocos años. Quería orientarse bien para saber llegar solo hasta el comedor, los camarotes y todos aquellos lugares del buque que a él se le antojaban misteriosos. Sentía una especial curiosidad por acceder a las zonas vedadas a los pasajeros, como el puente de mando, las bodegas o la sala de máquinas. 

Mientras tanto, lo único que Carmen deseaba era zarpar de una vez, porque aquella espera asomada a la barandilla, diciendo adiós con la mano a aquellos extraños que habían ido a acompañarlos al puerto, se le estaba haciendo interminable. La sonrisa ya se había convertido en una mueca. Sabía que, en el fondo, lo único que deseaban era perderlos de vista; y la verdad, el sentimiento era recíproco. Aunque por aquel entonces era aún muy joven (acababa de cumplir dieciséis años), notó enseguida que para aquel matrimonio había resultado muy cuesta arriba tenerlos en su casa el par de días que tardó el barco en zarpar hacia Corfú. Con ese gesto de hospitalidad forzada, consideraban que ya habían saldado con creces la deuda que tenían con su tío Vincenzo. 

Cuando por fin sonó la sirena y la marinería soltó las amarras, sintió un gran alivio. 

La salida del puerto de Venecia al atardecer fue un espectáculo maravilloso que jamás podría olvidar. Iban alejándose de los últimos puentes, las cúpulas y las luces de la ciudad, mientras las gaviotas revoloteaban alrededor del barco, casi en formación, y estaban tan cerca de ella, que alargando el brazo parecía que podía tocarlas. No le daban miedo, al contrario; le gustaba oír sus graznidos, como si también hubieran ido a despedirlos. Lamentó no haber cogido algún resto de los panecillos de la comida para poder lanzárselos y ver si lograban cazarlos en el aire. 

Conforme se fueron desdibujando las últimas imágenes de la ciudad y la noche empezó a caer, una tristeza inmensa se iba adueñando de ella. Parecía como si una mano invisible atenazase su garganta, dificultándole la respiración. Tenía miedo, no solo al mar, sino al futuro incierto que les aguardaba. ¡Qué distinto hubiera sido todo si su madre hubiera podido acompañarlos! Pero no podía hacerlo. La falta de noticias sobre el paradero de su marido y el estado de salud de la abuelita María le impedían abandonar Barcelona. Por tanto, Amelia optó por poner a salvo a sus hijos; o al menos, eso pensó en aquellos momentos…  

A Carmen le preocupaba también que el tío Vincenzo hubiera accedido a acogerlos en su casa tan solo por la insistencia de su madre y de la abuela, pero que en el fondo le resultasen unos parientes molestos a los que se cobija únicamente por lástima.

Su madre le había hablado muy bien de él. Decía que era una excelente persona y que, aunque viviera en Grecia y apenas hubieran tenido contacto, iba a cuidar de ellos, y haría que se sintieran como en su propia casa. No pudo asegurar lo mismo de su mujer, ya que Amelia apenas conocía a su cuñada Bianca. Por lo que sabían de ella a través del tío Vincen, pertenecía a una familia muy distinguida de origen veneciano, al igual que la de la abuela.

El mar estaba embraveciéndose por momentos y las crestas blancas de las olas chocaban con furia contra los costados de la embarcación, produciéndoles una desagradable sensación de inestabilidad y temor. Tomás quiso ir a proa para ver el mar desde allí, pero al salpicarle las olas que saltaban por las amuras de babor y estribor, se agarró tan fuerte de la mano de su hermana que esta pudo sentir su pánico. Se vio en la necesidad de infundirle confianza y hacerse la fuerte. Al fin y al cabo, era la hermana mayor que, en teoría, debía protegerle. Con tono jovial y rostro risueño le dijo:

—Corre, vamos a ver el camarote. Tal vez nos hayan llevado ya el equipaje y podamos cambiarnos de ropa para subir a cenar. 

La verdad era que no tenían mucha ropa. Todas sus pertenencias cabían en una maleta y una bolsa de mano. Entre su madre y la abuela, con sobrantes de unas piezas de tela que les había regalado la señora Puig, habían hecho para Carmen un par de vestidos nuevos. Eran en realidad batitas sencillas con el sello inconfundible de la confección casera; pero después de haber pasado tantas calamidades, poder estrenar algo le hacía sentir como una princesa, y estaba deseosa de ponérselos. 

A Tomás también le habían arreglado varios pantalones y camisas que les dio la vecina de arriba, una viuda que ya había perdido en la guerra al marido y al hijo mayor. Esa ropa había pertenecido al más pequeño de los chicos que, como tantos otros de la “Quinta del Biberón” movilizados en enero, cayó al segundo día de llegar al frente. La pobre mujer lloró con tanta desesperación cuando le dieron la noticia, que por temor a que pudiera cometer un disparate y arrojarse a la calle desde una ventana, las vecinas montaron guardia durante varios días para vigilarla, y no permitieron que se quedase sola ni un instante. Era el segundo hijo que perdía en la maldita guerra; y encima, cuando ya se daba prácticamente por terminada. 

Desde octubre de 1938 todo el mundo decía que era cuestión de semanas, pero las semanas se convirtieron en unos meses interminables. Los bombardeos, el hambre y la huida en desbandada hacia Francia convirtió Barcelona en un auténtico infierno. 

El camarote era pequeño, estrecho y bastante oscuro; pero era únicamente para ellos dos. Les espantaba la idea de tener que compartirlo con personas extrañas, por lo que ya lo miraron con buenos ojos y hasta les pareció confortable. Tenía una litera de camitas estrechas, pero suficientes para ellos, que estaban delgadísimos. Los últimos tiempos habían sido muy duros y comían poco y mal. Además, con su padre en el frente de Valencia, la situación de la familia en Barcelona durante los últimos meses había sido más que precaria. Aunque recibían puntualmente la paga del padre, el dinero, o mejor dicho aquel símil de cartón que circulaba en aquellos días, ya no servía para nada. Nadie lo quería. Solo funcionaba el trueque.  

Amelia y la abuela María lo habían vendido todo, absolutamente todo, para poder sobrevivir a duras penas. Los víveres se destinaban a la intendencia del Ejército, y la población civil sufría escasez hasta de lo más esencial. Aquello que no era imprescindible, podía ser objeto de permuta: joyas, pieles, objetos de plata, cubiertos, abrigos, zapatos… La abuela canjeó una preciosa estola de visón blanco con unos payeses, a cambio de un saquito de avellanas. 

Además, en aquellos años en los que nevó intensamente, no quedaba ya carbón, ni tenían manera humana de protegerse del frío. Así que los libros de la biblioteca de los abuelos acabaron en la caldera.

El abuelo Ramón era notario, y tenía una impresionante colección de libros de Derecho, recopilatorios de sentencias, resoluciones administrativas y cosas por el estilo. Pero también tenía una de las primeras ediciones de la enciclopedia de Espasa; tomos sobre historia, arte, geografía, razas humanas e infinidad de libros curiosos sobre magia, ajedrez, esperanto, y hasta sobre el adiestramiento de perros. Y por supuesto, no faltaba una interminable colección de novelas y ensayos de autores nacionales y extranjeros de todos los tiempos. Además, en la biblioteca de la familia se juntaron también volúmenes del bisabuelo Mauricio, que era médico. Tenía tratados de anatomía, ginecología y obstetricia, que Amelia colocó en la parte más alta de las estanterías porque suscitaban la curiosidad de Tomás que, cuando estaba solo, buscaba fotos indecorosas. 

Pues primero ardieron los libros, y después la propia librería. Entre todos la desmontaron con un destornillador y un martillo, y la hicieron pedazos que iban lanzando a la caldera o a la cocina económica.  

Después quemaron los muebles. El precioso mobiliario de la casa de Amelia fue también pasto de las llamas. Aunque para eso necesitaron la colaboración del hijo de la portera, porque sin disponer de un hacha era imposible trocearlos. 

El piso quedó convertido en una triste sombra de lo que fue en otros tiempos. Solo se quedaron con lo imprescindible: las camas, algunas sillas, la butaca de la abuela y poco más. Todo lo que era susceptible de arder, se quemó. 

Se salvaron las cortinas, eso sí, porque además de bajar las persianas, por las noches había que correr las cortinas para que no se viera ninguna luz desde la calle. 

En enero de 1939 Carmen cayó enferma. La fiebre llegó a los cuarenta grados, y el médico aseguró que podía complicarse con una neumonía si no cambiaba de aires y empezaba a comer como es debido. Amelia se alarmó muchísimo, porque un hermano suyo había muerto de pequeño a causa de una neumonía; y evidentemente, la abuela no ayudaba a tranquilizarla, sino todo lo contrario. 

—Dios mío —le decía a Amelia—. Tenemos que sacar a esta niña de aquí como sea… yo ya perdí a un hijo, y no soportaría presenciar también la muerte de mi nieta. Hemos de contactar con tu hermano Vincen. Él es una persona de muchos recursos y seguro que nos ayuda a poner a salvo a los niños.

—Mamá, pero dime, ¿qué quieres que haga? ¡Ya ves cómo está saliendo en tropel la gente de Barcelona! Las carreteras están colapsadas, y dicen que cuando los que logran pasar la frontera llegan a Francia, los meten en campos de concentración… es mejor seguir aquí todos juntos. 

—Pues habla con la señora Puig, a ver si ella nos puede ayudar. Es buena persona, y su marido trapichea con todo lo imaginable. Seguro que en su casa no falta de nada. A ver si te puede dar leche, o huevos, o algo para que esta niña coma un poco bien… 

—De acuerdo, lo intentaré, pero ya me va dando cosas siempre que puede y no quiero abusar. Si me despiden será peor. Nos quedaríamos sin nada.

—Pero, ¡qué te van a echar! ¡Si tú en esa casa eres imprescindible! 

Aunque lo decían en voz muy baja para que los niños no lo oyeran y no se alarmasen, como la casa estaba totalmente vacía de mobiliario, las voces retumbaban y, sin demasiado esfuerzo, Carmen y Tomás oían perfectamente sus conversaciones.  

Entre Amelia y su madre siempre hablaban en italiano. La abuela María nunca renunció a su idioma, que consideraba mucho más dulce y musical que el español que, para ella, era duro de pronunciar. De hecho, aunque había pasado tres cuartas partes de su vida en España, siempre se le resistieron las erres y las jotas, a pesar de que su marido se llamaba Ramón. 

Amelia había entrado a trabajar en casa de los Puig en el verano de 1938. Por aquel entonces el final de la contienda se veía ya muy cercano. La República había quedado dividida en dos zonas, y Cataluña aislada de la zona central. Las noticias del padre llegaban con cuentagotas y la situación de la familia en Barcelona era cada vez más difícil. 

6 thoughts

  1. Hola Gloria, enhorabuena por sacar a la luz tu novela, este primer avance es muy prometedor, y en cuanto esté al alcance, me iré a casa del llibre a pedirla. Hay una historia entrañable, ya atisbando en esos primeros párrafos, que no quiero perderme. Un abrazo y mucha suerte con este proyecto. Saludos.

    • Pues no sabes lo que agradezco tus palabras…! Yo he trabajado muchos años en la Administración, y ahí me sentía muy segura entre textos legales y sentencias. Ahora bien, inventar personajes, historias, paisajes y aventuras, ya es otra cosa… Sientes un poco de vértigo y recibir palabras de ánimo se agradece de una manera muy especial!!! Muchísimas gracias y un abrazo.

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