2º fragmento de mi novela: MUJERES ENTRE GUERRAS

… Incidentes similares habían ocurrido con relativa frecuencia, por lo que la proximidad de la muerte de la pobre Pascualina la preocupaba doblemente. Por un lado, porque lamentaba que aquellas niñas quedasen sin madre; y además, porque temía el comportamiento que a partir de ese momento pudiera tener Don Francisco. 

Una noche, después de cenar, le estaba contando a su madre sus temores:

—Mamá, tengo miedo de que ese hombre pierda los papeles cuando muera su mujer. No sé qué he de hacer —le decía angustiada. 

—Pues no te quedará más remedio que dejar esa casa… 

—Pero es el único ingreso que tenemos actualmente, y no me será fácil encontrar otro empleo. Los que pueden contratar profesoras particulares son las familias más afectas al nuevo régimen, y dudo que quieran a la mujer de un militar republicano desaparecido.  

—Ya lo sé; y no es solo eso lo que me preocupa —respondió su madre—. Temo aún más por la reacción de ese señor, por llamarle de alguna manera. Un hombre así, con ese carácter, acostumbrado a salir siempre triunfante, si se ve rechazado puede llegar a ser muy peligroso.  

—No me asustes, mamá, ¿qué quieres decir?

—No me hagas mucho caso, hija, pero el orgullo de un macho herido… me da miedo. ¡Yo qué sé lo que podría hacer o decir con tal de vengarse y desacreditarte! Has de ser muy cautelosa, y no provocar su ira. Procura no quedarte nunca a solas con él en la casa. Si no están las niñas, convence a esa criada joven que tienen para que siempre esté por medio… 

—A veces pienso que lo mejor sería irnos con Vincen y los niños —replicó Amelia. 

—Pero Europa está en guerra. Un viaje así de largo es muy peligroso…

—Sí, lo sé. Y además pienso que si me quedo aquí puedo recibir alguna noticia de Fernando, mientras que estando en Grecia será más difícil…

En ese momento llamaron a la puerta. Amelia se secó las lágrimas con el pañuelito que llevaba en la manga del jersey, y fue a abrir. Era el Sr. Puig. Con rostro aparentemente pesaroso dijo:

—Ya ha terminado todo. Acaba de morir. 

—Dios mío, ¡cómo lo siento! Ahora mismo bajo. 

—Paco Puig no hizo ademán alguno de moverse. Se quedó en el recibidor, esperando a que Amelia se lo dijera a su madre y bajase con él. 

En la escalera le comentó en voz muy baja:

—Amelia, ahora la necesitamos más que nunca. Todos, las niñas y yo. Por favor, no nos deje.  

—No, por supuesto. Estaré con ustedes para todo lo que precisen.  

—Gracias, Amelia. Sé que puedo contar con usted.

Y al decir esto, le acarició suavemente la mejilla. 

La criada fue a abrirles la puerta cuando llamaron. Él, con las prisas, no había cogido las llaves de casa. Al entrar, Felisa le guiñó un ojo a Amelia y le susurró al oído: 

—¡Joder, pues ya ves lo que ha tardado en ir a buscarte! Si la otra aún está caliente…

Efectivamente, la pobre Pascualina aún no presentaba el color de la muerte. Menuda, encogida, acurrucada entre las sábanas, parecía que dormía. Las niñas lloraban cada una a un lado de la cama de su madre. Le conmovió la escena. Ver a aquellas pobres criaturas desconsoladas, sumidas en el llanto, mientras su padre fingía una afectación que no sentía en absoluto… En el fondo de su alma, Paco Puig se sentía liberado y feliz. Había tardado más de dos años en morir desde que le diagnosticaron el cáncer. Dos años que, para él, fueron interminables. Parecía que no iban a pasar nunca. Era persistente, la pobre. No quería morirse, y se aferraba a la vida como a un clavo ardiendo. “Pero ¿para qué?”, se preguntaba Don Francisco. “Si igual se ha de morir, ¿a qué viene demorarlo tanto…?”.

La señora Pascualina murió el 28 de octubre de 1940. Evidentemente, ella no fue consciente de tal coincidencia; pero justo ese mismo día, las tropas de Mussolini penetraban en territorio griego desde Albania, y la aviación italiana bombardeaba Atenas, el puerto de El Pireo y otras ciudades griegas. 

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