3er. Fragmento de mi novela MUJERES ENTRE GUERRAS

(Os dejo otro breve fragmento)

Aquel verano aparecieron más bebés en la casa. No solo estaban Leo y Eleni, la hija de la nodriza, que ya empezaba a dar sus primeros pasos, sino que además correteaban siete hermosos cachorros, hijos de Lila. Eran como bolitas de algodón de diversos colores. Los había blanquitos y grises, castaños y marrones, y uno negro con el hocico blanco igual que su padre, Rufo.  

Tomás y Carmina se habían autoproclamado los padres adoptivos de la prole de Lila, y estaban siempre pendientes de los chuchos. Bianca y Amelia se turnaban también en el cuidado de Leo y de los perritos, que se pasaban el día saltando de unos brazos a otros. Hasta Vincenzo, que al principio había sido reacio a dejar que anduvieran por el interior de la casa, estaba ahora entusiasmado con ellos. Tanto es así, que la presencia de su huésped forzoso, el capitán Bauman, pasó a ocupar un segundo plano. 

La que no se olvidaba en absoluto de la presencia del alemán era Lila. Ella dejaba que todos cogieran a sus crías, las acariciasen y les hicieran mimos. Nunca se mostró hostil con ningún miembro de la familia ni del servicio. Tampoco se preocupaba si los cogían los amigos de Carmen o de Tomás, que con frecuencia iban a verlos. Pero el día que Bauman se acercó a la caja donde tenía a sus cachorrillos, Lila saltó inmediatamente dentro, en una señal inequívoca de protegerlos, y como quiera que el capitán no se alejó, sino que intentó acercarse más, empezó a gruñirle arrugando el hocico y enseñándole los dientes, cosa que no había hecho jamás. Tomás intervino enseguida para calmarla, y el boche se alejó un poco asustado. Incluso hizo el gesto de llevarse la mano al revólver que llevaba al cinto. 

Desde ese día, cada vez que Bauman regresaba a casa, Lila no se separaba de sus crías, a las que no quitaba la vista de encima. Por supuesto, al “fritz” no se le ocurrió volver a acercarse a los cachorros…    

Todos comentaron este hecho. Irina vio clarísimo que, si la perra no soportaba la presencia del alemán cerca de sus retoños, era porque no se fiaba de él. Sin duda porque intuía que era una mala persona.

—Los animales tienen un sexto sentido para calar a la gente. Su instinto no falla nunca —solía decir. 

Tampoco al hijo de Simona le gustaba absolutamente nada el huésped. Ioannis hacía las veces de jardinero, chófer, jefe de mantenimiento y “chico para todo”, como él solía decir bromeando. En ocasiones se cruzaba con el alemán en el jardín o en el garaje de la casa, y el boche no se había dignado ni a mirarle a la cara, ni mucho menos saludarle. Bauman era despótico y prepotente, convencido de pertenecer a una raza superior que no tenía por qué sentir ninguna empatía con los seres que consideraba inferiores, y mucho menos si pertenecían al servicio. 

Algunos días, cuando se reunían a comer en la cocina, Ioannis comentaba con su madre y con las muchachas lo harto que estaba de ver a los nazis por la isla. A los italianos aún podía soportarlos, pero estos ya eran otra cosa…

—Si pudiera verme cara a cara con Bauman, solos los dos, en una lucha de igual a igual, de hombre a hombre, le iba yo a enseñar a ese cretino lo que pienso de la superioridad de su raza…

Irina le mandaba callar inmediatamente. 

—Calla, por Dios, que si te oye nos caemos con todo el equipo… ¡No sabes de lo que son capaces!

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