PERSECUCIÓN EN EL GRAN BAZAR

OS DEJO OTRO FRAGMENTO DE MI NOVELA «MUJERES ENTRE GUERRAS»

Iba observándolo todo, con gran curiosidad. Estaba deslumbrada. Jamás había visto tantas joyas, tanto oro y tantas piedras preciosas… Aunque ella era bastante austera en su aspecto externo, le entusiasmaban los adornos de plata. Pensó que tal vez podría comprarse un bonito colgante, o tal vez unos pendientes. (…)

Los vendedores, todos ellos varones, estaban en su mayoría en las puertas de los comercios y la invitaban a pasar al interior.

En una de las ocasiones que miró hacia atrás, en busca del rótulo de la joyería de la tarjeta, vio a un hombre con aspecto de inglés, que la miraba fijamente. Era joven y guapo, muy blanco de piel, bien vestido con sombrero y gabardina. Su pinta no era la de un turista de los que pululaban por allí. Por un momento se alegró. “No está nada mal…”, pensó para sus adentros. Estaba acostumbrada a llamar la atención de los hombres. Tal vez por su belleza un tanto peculiar, con su nariz pecosa y su cabellera rizada y rojiza… Pero ella era muy selectiva a la hora de echarse un novio. Tenía el listón puesto muy alto, y no todos cumplían con sus exigencias. No tenían que ser particularmente guapos, pero sí tener un atractivo especial, algo que les hiciera diferentes al resto…

Iba sumida en sus pensamientos cuando se dio cuenta que el hombre de la gabardina continuaba a sus espaldas. “Si quiere ligar conmigo, debería acercárseme con algún pretexto…”. Pero no, seguía a cierta distancia pero sin quitarle la vista de encima. Irene empezó también a observarle con disimulo. Lo veía reflejado en los cristales de los escaparates o en los espejos de las tiendas, y allí seguía. Manteniendo las distancias, pero siempre detrás de ella. Ahora ya lo veía claro: no es que le hubiera gustado, es que la estaba siguiendo…

Se metió en uno de los comercios y estuvo probándose pendientes. Con el espejito de mano que le dio el dependiente para que se los viera puestos, espió los movimientos de su perseguidor. Se había parado en la tienda de enfrente, simulando mirar el escaparate. Efectivamente, la seguía. ¿Pero quién era, y por qué la vigilaba?  

Pagó los pendientes y salió de la tienda con aire distraído, como si no fuera consciente de que la estaba observando el hombre guapo de la gabardina.

Giró por una callejuela estrecha, echó a correr con todas sus fuerzas y se metió en un bazar de ropa y babuchas, que encontró a la vuelta de una esquina. Conforme entraba, cogió la primera prenda que vio, que era un caftán de un horrible verde loro, y se fue hasta el fondo de la tienda. Se ocultó en un probador cerrando la cortinilla. La entreabrió ligeramente y vio que el dependiente estaba hablando en turco con una clienta, y ni la había mirado. Mejor así. Estuvo allí oculta un buen rato.

Después de un tiempo prudencial se asomó con cuidado y vio que la clienta ya se había marchado. Cogió una pañoleta, la más grande y discreta que vio, y se la echó por encima a modo de hiyab, de forma que le tapaba la cabeza y los hombros. Pagó y salió deprisa mirando al suelo, pero observando que no estuviera el hombre de la gabardina. No lo vio por ningún lado. Estuvo tentada de seguir buscando la joyería de la tarjeta, pero no era buena idea. Con aquel tipo merodeando por allí, lo más sensato era irse enseguida al hotel, y encerrarse en su cuarto hasta el día siguiente.

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