UN GEISER EN LA MANCHA

Todos los veranos íbamos al pueblo de mi padre a pasar unos días con la abuela y con los tíos. Nos encantaba la libertad de poder corretear por las calles, jugar con los primos, reunirnos en el parterre para organizar el plan del día, ir a la ermita en bicicleta, coger moras, o bajar a bañarnos al río.  

Aquel mes de agosto, el sol caía con rabia sobre la meseta. Era casi imposible permanecer bajo sus rayos. Únicamente estando mojado se podía aguantar al sol unos minutos. A mamá le gustaba nadar en la piscina y al salir, embadurnarse de crema solar tumbada en una de las hamacas del porche. Para la piscina se usaba el agua del pozo, que por esos extraños misterios de la naturaleza, siempre estaba helada. A pesar de que ya hacía casi un mes que la habían llenado, yo seguía sin meterme voluntariamente. Otra cosa era que me tirasen mis hermanos mayores, siempre abusando de los pequeños…

Cuando esa mañana salí a comprar el pan (que era mi obligación veraniega), me enteré de la gran noticia. Volví a casa corriendo para contárselo a mi familia. Papá estaba en el jardín con las tijeras de podar, cortando una enredadera salvaje que había brotado al lado de los rosales, que con tanto mimo cuidaba la abuela.  

ꟷ ¡Papá, papá, ha salido un geiser! ꟷgrité lleno de excitación por ser el primero en dar el parte.

ꟷ¿Qué dices? ¿Cómo va a salir un geiser de repente, en mitad de la Mancha?

ꟷ ¡Que sí papá, lo juro! ¡En la finca de Tomás, ha aparecido esta mañana, y es altísimo…! Ha ido todo el mundo a verlo…

Mi padre se puso una camisa sobre el bañador y se asomó a la puerta que daba a la plaza. Allí no se hablaba de otra cosa. Todo el mundo comentaba la noticia.  Efectivamente en el huerto de Tomás, que estaba a escasos kilómetros del pueblo, había surgido un geiser que lanzaba agua sulfurosa a docenas de metros de altura. ¡Algo así no nos lo podíamos perder!  Acudimos toda la familia a verlo. Subimos, no sé muy bien cómo, en el todoterreno: mis padres, mis hermanos, la abuela, la tía Elvira y Jak, el perro. 

En el camino de tierra que conducía a la parcela de Tomás, por el que solo transitaba esporádicamente algún tractor, aquel día había un tráfico intenso. Conforme nos íbamos aproximando se veían coches aparcados en las cunetas, y un poco más adelante el espectáculo nos dejó boquiabiertos. Un enorme surtidor de agua amarillenta se elevaba hacia el cielo… Bajamos del coche para contemplarlo mejor, y el olor era fuerte y desagradable. Efectivamente olía a azufre, como dijo la tía Elvira que debía oler el infierno…

La abuela musitó:

– No me extraña, esto se veía venir… Con tanta indecencia e inmoralidad, es lógico que satanás salga del averno para venir a por nosotros.

Aunque nadie hacía demasiado caso a los comentarios apocalípticos de la abuela, a los que ya nos tenía acostumbrados, sus palabras me inquietaron… 

Allí se habían congregado bomberos, policía municipal, trabajadores del Ayuntamiento, y voluntarios, que con sus tractores, amontonaban sin demasiado éxito, piedras de gran tamaño en la boca del geiser para intentar taponarlo. Mientras tanto, varios concejales observaban con cara de preocupación la evolución de las tareas del cegado. Todo estaba resultando inútil.

A Tomás, que en aquellos momentos era la viva imagen de la desesperación, le dio una lipotimia, posiblemente a causa del disgusto, y tuvieron que acudir unos sanitarios a atenderle, mientras la gente se arremolinaba a su alrededor. Uno dijo que se había muerto. Otro añadió que le había dado un infarto, y nadie quería perderse el espectáculo de ver a la primera víctima del diabólico geiser.

– Natural, si se veía venir -insistía la abuela-. Si este hombre no iba nunca a misa… es un castigo divino.  

Mi padre la hizo callar.

– Mamá, por Dios, no digas esas cosas que te va a oír su familia.

– Pues que me oigan, no digo ninguna mentira. Su mujer tampoco creas que va demasiado…

La abuela era contumaz en sus apreciaciones, y más terca que una mula. Bueno, eso es lo que decía mamá…

A media tarde el agua sulfurosa ya había anegado por completo, no solo la huerta de Tomás, sino que el chorro a presión regaba el olivar que estaba un poco más abajo, y ya llegaba el agua hasta el viñedo de la finca de Nemesio, primo lejano de papá. Se trataba de un plantío reciente, que no tendría más de dos o tres años, de uva Syrah, emparrada, y con riego por goteo, que según decía le había costado un Congo.

ꟷ¡Qué ruina! ꟷSe lamentaba el pobre, y esto no sé si me lo cubrirá el seguro.  

¿Y cómo se habría producido aquel fenómeno tan extraño? Se preguntaban todos. Papá nos explicó a la hora de comer, que Tomás había querido hacer un pozo para regar la huerta, y había dado con una bolsa de agua azufrada. El problema es que no había pedido permiso, y según mi padre se le iba a caer el pelo… Supongo que lo decía en sentido figurado porque Tomás era totalmente calvo…

Como cada día acudía más y más gente de todos los pueblos de los alrededores a contemplar aquel fenómeno, mi hermano mayor que siempre demostró ser avispado para los negocios, pensó que sería una buena oportunidad para montar un puesto de refrescos.  Convenció a uno de los primos, que ya tenía carné de conducir, para que nos llevara hasta la huerta con la furgoneta de su padre, y allí nos instalamos debajo de una encina con cubos llenos de coca-colas y cervezas fresquitas cubiertas de hielo, que conservábamos en la nevera portátil que le habíamos cogido a la abuela.

Como las ventas iban viento en popa, pensamos ampliar el negocio a los bocadillos, pero papá se enteró (algún envidioso se debió de chivar) y clausuró el chiringuito sin contemplaciones. ¡Lástima, porque aquella empresa prometía…!

¡Aquel verano lo recuerdo como uno de los más divertidos de toda mi vida! 

CUENTO NAVIDEÑO: EL EXTRATERRESTRE

            

X3 era un pequeño extraterrestre. Sí, como los que salen en las películas, pero no tan feo como «ET». De hecho era bastante parecido a nosotros, si no fuera porque tenía seis dedos en cada mano, un extraño color azulado y los ojos, pequeños y muy juntos, plantados en mitad de la frente.

Había venido a la Tierra en misión de reconocimiento, formando parte de una expedición dirigida por el comandante AZ, al que todos temían por su endiablado carácter.  Para él lo más importante era la obediencia y exigía que se cumpliesen sus órdenes sin rechistar. Quien no cumpliera estrictamente sus instrucciones se arriesgaba a oír unos gritos que  hacían temblar al universo entero.  

Pues bien, en aquella misión, cada uno de los tripulantes de la nave nodriza tenía asignado un cometido concreto, y el de X3 era bajar a la Tierra con su pequeña nave, diseñada para un solo ocupante, y tomar muestras de agua en distintos mares y océanos. Después debía analizarlas para ver cuál de todas ellas era más adecuada para el consumo de los habitantes de su planeta, ya que allí solo tenían agua dulce y, los pobres  se pirraban por el agua salada de los mares terráqueos.

En una de las incursiones que hizo en la Tierra, estaba tomando muestras en el Mar Muerto cuando, distraído, tropezó con una rama, cayó al agua y vio que flotaba. ¡Jamás ningún habitante de cualquiera de los planetas de la Galaxia había disfrutado tanto como X3 al notar esa deliciosa sensación de ingravidez!

Estuvo durante horas jugando a intentar hundirse. Metía la cabeza en el agua, y al pretender sumergir el resto del cuerpo, el trasero le quedaba a flote en la superficie, chapoteando como un pato al pescar.

Se estaba bañando así de divertido cuando, de pronto, vio aparecer a lo lejos, una caravana que se le aproximaba. De Oriente llegaban tres Reyes Magos al frente de un enorme séquito, en busca de un Niño que había de nacer para salvar al mundo. Iban los tres montados en preciosos camellos. Uno de los Reyes era anciano de barba blanca; otro, negro como el azabache, y el tercero, el más joven, era pelirrojo. 

Los Magos como vieron a X3 tan azul, chapoteando y gesticulando con los brazos de manera tan exagerada, pensaron que pedía socorro porque se estaba ahogando, y los tres, sin dudarlo ni un momento, se lanzaron al agua para socorrerle.

Cuando le sacaron a la orilla y le vieron con aquellos ojillos pequeños y juntos, tantos dedos y hablando una jerga totalmente desconocida para ellos, pensaron que sin duda procedía de un país hasta entonces desconocido, ¡en el que la gente era muy, pero que muy fea…! 

A todo esto, mientras X3 se secaba e intentaba explicarles a sus tres “salvadores”, que estaba jugando en el agua, y que casi había olvidado el motivo de su misión, el comandante en jefe empezaba a impacientarse.

Le había ordenado volver a la nave nodriza en cuanto tomase una muestra de agua del Mar Muerto. ¿Qué estaría haciendo el botarate de X3 para demorarse tanto? ¿por qué no podía nunca cumplir una orden a la primera? Fue tan agudo el grito que soltó, que en toda la tierra se sintió un temblor, parecido a un terremoto.

Al notarlo X3, sabiéndose el causante del enfado de su jefe, se despidió a toda prisa de los Magos, y tomando su pequeña navecilla emprendió el regreso a la nave nodriza a toda velocidad, tanta, que dejó dibujada una estela en el cielo que, cuantos la vieron, creyeron se trataba de la estrella fugaz que dirigió a los Reyes Magos hasta el portal de Belén, en el que nació el Niño Jesús el 25 de Diciembre.

La extraña enfermedad

En la pequeña ciudad de provincias donde vivía, tenía fama de ser una chica rara. Y no porque fuera antipática, ni rehuyera el saludo, no era eso, sino porque era una mujer solitaria. Vivía semi enclaustrada en un caserón frío de dos plantas, que parecía un museo, repleto de cuadros de antepasados, porcelanas de Sevres, cortinajes de terciopelo descoloridos por el paso del tiempo, y bargueños del siglo XVIII comidos por la carcoma. 

Nunca se le conocieron amigas, ni pretendientes. Hija única, de una familia de grandes terratenientes, vivía con su madre viuda y una tía solterona. Apenas salían de casa, excepto en verano, que iban a pasar unos días a Alicante. Allí, por supuesto no bajaban a la playa, pero al atardecer daban algún paseíto y se sentaban en el paseo a tomar una horchata. ¡Esa era su máxima distracción!

Pero por fin un invierno ambas, madre y tía, murieron, al parecer de un catarro mal curado. A nadie extrañó su defunción, eran muy mayores y aquel museo o mausoleo en el que vivían, era gélido.

Pobre chica, decía la gente, ahora se ha quedado totalmente sola en el mundo.  Pero para sorpresa de todos, un fin de semana que fue de compras a Madrid, conoció al empleado de una tienda de electrodomésticos, donde casualmente, entró a comprar una cafetera, y a los tres meses se casaron.

Casilda, así se llamaba la chica, rondaba los cuarenta y tantos, y la boda le sentó muy bien. Liberarse de las estrictas normas de una madre y una tía beatonas, para pasar a ser una señora casada la rejuveneció. A partir de entonces modernizó su aspecto. Se cortó y se tiñó el pelo, que ya empezaba a estar muy canoso, y renovó todo su vestuario. Sin ser guapa resultaba atractiva, y además, como había leído todos los libros de la biblioteca familiar, poseía una vasta cultura.

El marido dejó su empleo de Madrid, y se fue a vivir a la ciudad de su flamante esposa, para dedicarse a ser el administrador de sus bienes y hacienda.

Huelga decir que lo primero que hicieron fue reformar aquel enorme caserón, que con la intervención de una decoradora de interiores, quedó precioso.

Todo parecía sonreír a la feliz pareja, pero sin embargo, a los dos años de haberse casado, el marido enfermó. Comenzó a tener pérdidas de sangre. Le hicieron todo tipo de pruebas y analíticas sin dar con la causa que provocaba las hemorragias. Le ingresaron en observación, y tras unos cuantos días hospitalizado mejoró notablemente. No obstante los episodios de las hemorragias volvieron a repetirse a la semana de estar nuevamente en casa. Le ingresaron otra vez, y cesaron las pérdidas. Regresó a casa y recayó…

Su doctora, amiga mía de la infancia, me explicó un día cenando, que estas extrañas recaídas cuando le daban de alta y regresaba al hogar, resultaban incomprensibles.

  • Mira María -me dijo-, no puedo probar nada, pero empiezo a sospechar que algo raro está ocurriendo en esa casa. Lo hemos valorado los compañeros del equipo de medicina interna y no le hallamos explicación…

La animé a presentar una denuncia en comisaría. Conseguimos una orden de registro, y a los pocos días, con un equipo de la policía judicial, me personé en la vivienda del matrimonio.

Casilda estaba en la cocina preparando unas albóndigas. Mientras tanto, el marido veía la televisión recostado en un sofá. Su aspecto me impactó. Blanco, delgadísimo, y con unas ojeras azuladas debajo de unos profundos surcos, me pareció la viva estampa de la muerte. Tomamos muestras del guiso para llevarlo a analizar, y en el registro no apareció ninguna sustancia venenosa, pero en el costurero se encontraron infinidad de alfileres con las puntas cortadas.

La prueba del laboratorio fue decisiva. Entre la carne picada de las albóndigas, encontraron las puntas de los alfileres causantes de los desgarros internos, que hubieran llevado a aquel desgraciado a una muerte segura.

¿Y por qué? ¿Qué podía haberla inducido a intentar asesinar a su marido a los pocos años de haberse casado con él? ¿Tal vez era un maltratador? ¿Quizás descubrió que tan solo buscaba su dinero y su posición social, y eso la humilló hasta el extremo de querer matarlo?

Tras largos e ininterrumpidos interrogatorios, con una frialdad estremecedora una tarde confesó la verdad. Aquel hombre, jamás la había atraído lo más mínimo. Ni su aspecto físico, ni sus modales, ni su conversación, la agradaban en absoluto.

Al casarse con él, solo buscaba quitarse de encima el estigma de “solterona”. Una vez alcanzado el propósito, ¿para qué continuar con la farsa? ¿Qué necesidad tenía de soportar a un hombre que roncaba de forma estrepitosa, sorbía la sopa ruidosamente, y se pasaba el día pegado a la televisión viendo partidos de futbol con el volumen a tope? Le resultaba insoportable, y pensó que ya había cumplido su cometido. Era una señora casada, que es lo que ella quería… Ya no le necesitaba para nada. Al contrario, era un estorbo permanente.

Nunca quiso quedarse soltera, ni ser una divorciada… Pero con aquel hombre, tampoco quería seguir estando casada.

La solución la vio simple: ¡ser viuda era su estado civil ideal!

EL BARRIO DE MI NIÑEZ

Yo nací en una ciudad pequeña. Y no lo hice en un hospital, sino en casa como se estilaba en la época. Entre mi tía que era practicante y la comadrona contribuyeron a traerme al mundo. Parece ser que cuando la cosa estaba ya muy adelantada apareció el médico, básicamente para justificar sus honorarios.

Mi madre lo pasó francamente mal. Entonces no existían las epidurales. Tan sólo una mascarilla en la que echaban unas gotas de cloroformo y había que inhalar profundamente. Según mamá, aquello era un engañabobos que no producía ningún efecto anestésico. Yo, además de ser pesada y lenta para nacer, me negué a comer. Lo único que se me daba bien era berrear día y noche.

Vivíamos al lado de la “media luna” una plazoleta semicircular que, seguro que tenía un nombre, pero nadie lo utilizaba nunca. Es curioso, pero las calles se conocían por su ubicación o por los comercios que había en ellas. Solíamos decir: “Ves a la calle de la estación… o está enfrente de la zapatería…” y en ocasiones, se usaban circunloquios muy divertidos como: “lo encontré en la tiendecilla del callejón que sale de la calle de correos, delante de la perfumería grande”. ¡Cuánto más fácil hubiera sido decir el nombre de la calle o del comercio! pero no, así era mucho más entretenido. La cosa se complicaba algo cuando por ejemplo había dos farmacias. Una era la del “pelao” porque el boticario era calvo, y para referirnos a la distinta decíamos: “la del “pelao no, la otra”.

A mis padres les encantaba llevarme a pasear en el cochecito por el barrio. Como era una niña graciosa y en aquellos tiempos todo el mundo se conocía, les paraban para mirarme, echarme piropos y hacerme monerías, y papá se sentía ufano como un pavo real. Creo que eso me salvó, porque si encima de lo que les hice padecer para comer, hubiera sido fea, me hubieran tirado por el balcón, ¡seguro!

El colegio estaba tan solo a dos manzanas de mi casa, con lo que desde muy pequeña me dejaron ir y volver sola. Únicamente tenía que cruzar un par de calles estrechas por las que jamás pasaba ningún vehículo. De todos modos, me inculcaron que me debía parar siempre y mirar a izquierda y derecha antes de atravesar la calzada, y además, mamá se quedaba en el balcón vigilándome, hasta que al doblar una esquina desaparecía de su vista.  

Recuerdo que por las mañanas me encantaba salir de casa temprano para ir al cole con tiempo para ver cómo se iban abriendo las tiendas. Ese despertar del barrio me producía una gran alegría. Como los dueños de los colmados sabían quién era, iba saludándoles a todos. A esas horas estaban sacando a la calle las cajas con la fruta y las verduras, y siempre me daban algún caramelo.

Sobre todo, lo que más me gustaba, era mirar las novedades que había en un quiosco pequeño que estaba instalado en un portal, en el que vendían tebeos, cuentos infantiles y golosinas. El dueño era más bien adusto, siempre con una colilla colgando del labio inferior y con barba de varios días. Debía estar hasta las narices de todos nosotros que entrábamos, lo revolvíamos todo, y la mayoría de las veces salíamos sin comprarle nada. ¡Pobre hombre! Ahora que reparo en ello, creo que nunca he vuelto a ver comercios en portales, pero en aquella época eran frecuente.

Muy cerca de mi casa vivía mi mejor amiga del colegio, y muchas tardes, cuando salíamos de clase, merendábamos juntas pan con chocolate, que era la merienda tradicional de la época, y luego bajábamos a jugar a la calle con otros vecinos del barrio.

Otro recuerdo que tengo muy presente de cuando era pequeña, es el del repique de campanas. Justo al lado de donde vivíamos había una iglesia, y el campanario estaba a menos de cien metros. Los toques eran incesantes a lo largo del día. Tocaban al alba, al ángelus, a misa, a difuntos, y además, daban las horas y los cuartos. Unas veces volteaba la campana alta del carrillón, y otras, las pequeñas. Mamá me explicaba el significado de cada uno de los repiques, pero si conseguí entenderlo alguna vez, ya se me ha olvidado. Lo que sí recuerdo perfectamente es que tenían una curiosa habilidad para ponerse a repiquetear en el momento más interesante del diálogo de las películas. Papá, que encima era un poco sordo, siempre preguntaba: “¿Qué ha dicho? ¿lo habéis oído?” Pero no, nadie podía haberlo entendido. Creo que el sacristán lo hacía a mala idea…

En la plazoleta de la iglesia había unos árboles gigantescos, o al menos a mí me lo parecían, y en ellos anidaban infinidad de pájaros. Cuando empezaba a amanecer se oían los primeros trinos. Al principio tímidamente, pero conforme iba avanzando el día se convertían en una auténtica algarabía. Además nosotros vivíamos en el último piso del edificio, debajo del tejado, y allí había unos huecos para la ventilación que aprovechaban las golondrinas y las palomas para instalar sus nidos. Siempre que a lo largo de la vida he oído el zureo de las palomas, ese sonido me ha transportado a mi infancia y primera juventud.

Sin duda alguna aquellos años en los que vivía rodeada del cariño de mi familia, y en los que podía jugar correteando libremente por las calles y plazoletas del barrio, fueron los más felices de toda mi vida.     

El desconocido

Jamás hubiera imaginado que me iría sola de viaje a un crucero por la Polinesia. Si tomé esa decisión fue por un reto, un desafío hacia mí misma: “No serás capaz– me decía- siempre has sido muy cobarde…”.  

Realmente, la mayoría de las cosas que había hecho en la vida me habían venido impuestas por la familia, las buenas costumbres o las circunstancias: “Tienes que estudiar farmacia como tu padre”, me habían repetido incesantemente desde muy pequeña. Y lo hice. “Te has de casar joven y tener los hijos pronto, para que así jueguen y se críen juntos”, y también lo hice.

Lo que no estaba previsto, ni entraba en mis cálculos, ni nadie me había advertido, es que a los cuarenta años, el cretino de mi marido me dejaría plantada para irse a vivir con un pendón veinte años más joven que él; que mis tres hijos, aquéllos que me recomendaron insistentemente que debía tener muy seguiditos para que se criasen juntos, iban a  estar, los tres a la vez, estudiando en los Estados Unidos; y que mis queridos padres, los de los buenos  consejos, se instalarían a vivir plácidamente su retiro, en un pueblecito de la costa de Almería… Pasé de tener una familia, a encontrarme absolutamente sola, deprimida y triste.

En aquel crucero confiaba en poder descansar, leer, reflexionar sobre mi situación, y adquirir a base de sol y gin-tonics, las fuerzas necesarias para enfrentarme a mi nueva vida.    

Durante una de las excursiones en lancha por aquellas paradisíacas playas de arena blanca y vegetación exuberante, reparé en la cabeza de un hombre sentado dos filas delante de la mía. No podía apartar la vista de su nuca. Me gustaba su pelo muy corto y canoso. Su cuello moreno. Su espalda ancha… Vi cómo pasaba amorosamente el brazo por encima de los hombros de su compañera de asiento. Aquel brazo, tostado por el sol, cubierto de bello castaño, me pareció musculado y magnífico. La mano con la que sujetaba el hombro de su acompañante era grande, con dedos largos y fuertes. En ese momento envidié a aquella mujer. ¡Qué segura y protegida se debía sentir!

Fue una sensación intensa, nueva para mí y casi física, que me produjo un cosquilleo en el estómago.  Deseé a aquel desconocido…

Finalizada la excursión, de regreso al barco, busqué la manera de hacerme la encontradiza y entablar conversación con la pareja. Los vi en la cubierta superior bebiendo un Martini. Tomé asiento a su lado, les sonreí, e intenté comentar algo sobre los maravillosos lugares que acabábamos de visitar. Imposible entenderme con ellos ni en inglés, ni en francés. Parecían rusos. ¡Vaya por Dios, qué mala suerte…!

Cuando se levantaron, les seguí.  El azar quiso que tuvieran el camarote en el mismo pasillo que el mío. Salí al exterior de la suite para ver si los podía ver desde allí. Efectivamente, estaban tumbados en las hamacas de su terracita contemplando el mar en silencio. De pronto, vi que hablaban entre ellos y él se levantó como si fuera a buscar algo. Rápidamente fui a la puerta, la entreabrí y vi que venía caminando por el pasillo en dirección hacia mí camarote. El corazón me latía con tal intensidad que temí desmayarme. Justo cuando pasó por delante de mi puerta, la abrí bruscamente y tropezando con él, hice como si me hubiera caído. El ruso, me reconoció y, pidiendo excusas (“sorry, sorry”), intentó incorporarme. Fingí haberme lastimado un tobillo y no poder apoyar el pie en el suelo. En vista de que era imposible levantarme, me cogió en brazos y me introdujo en mi camarote, depositándome delicadamente sobre la cama.

A partir de ese momento todo ocurrió a una velocidad vertiginosa. Incomprensiblemente, me vi haciendo el amor con un desconocido; con alguien con quien no podía intercambiar ni una sola palabra, y de quien no sabía absolutamente nada… ¡Fue una auténtica locura, un despropósito contrario a la moral, y totalmente impropio de alguien con mi educación y principios…!

Durante el resto del viaje apenas me atreví a salir del camarote por temor a encontrarme con el ruso. Estaba tremendamente avergonzada, pero por otro lado me sentía feliz. Me había vengado de mis padres, del imbécil de mi marido y de mis hijos. Seguro que todos desaprobarían mi conducta. Pero, por primera vez en mi vida, a los cuarenta años, había infringido las normas y eso me llenaba de satisfacción.

DISTOPÍA

Se despertó muy temprano, con las primeras luces que penetraban entre las lamas de la persiana sólo bajada a medias. Se levantó de un brinco evitando hacer ruido. Juan roncaba a su lado.

Fue descalza a ver a los niños. Ambos dormían profundamente. Entornó la puerta para que no se despertaran. Era sábado.  No había prisa. 

“De hoy no pasa” –pensó Ana– lo tengo que hacer…”

Se lavó la cara rápidamente, se puso una chaqueta encima del camisón y fue a la pequeña librería que habían instalado en un rincón de la sala. Estaba impaciente. Rebuscó palpando por detrás de una antiquísima colección de arte que había pertenecido a su bisabuelo y que conservaban por motivos sentimentales. A ella le apasionaba el tacto de aquel papel fino y satinado de los libros antiguos, aunque con las reducidas dimensiones del apartamento, encajar aquella reliquia había sido todo un reto. Tocó con la punta de los dedos el lomo de piel de un libro. Allí estaba. ¡El libro de recetas de la abuela! Sabía que lo había escondido bien, porque estaba prohibido.

Todos los libros y CDs de recetas de cocina habían sido quemados en hogueras en las plazas públicas y, quien conservara alguno, se arriesgaba a ser sancionado con cuantiosas multas.

También había sido suprimida su referencia de todas las bases de datos. Todos los alimentos debían ser saludables y controlados por la Administración. El erario público no podía sostener el coste sanitario que anualmente representaban las enfermedades por una mala nutrición.

Los diabéticos debían pagar la insulina con sus propios fondos, y si no disponían de efectivo, se embargaban sus bienes. Los asmáticos, bronquíticos y demás enfermos de vías respiratorias, habían sido confinados en viejos hospitales sin apenas mantenimiento, aislados entre montañas, totalmente alejados de las ciudades.

El abuelo de Ana murió a los cincuenta y pocos años, en uno de aquellos edificios fríos y medio ruinosos. No se ofició ninguna ceremonia de despedida y lo enterraron en una fosa común. Las autoridades sanitarias consideraron que no que no merecía más: Había sido fumador…

Ana recordaba muy vagamente el sabor de los dulces, de los pastelillos de nata, del chocolate… Cuando era muy pequeña su madre la llevó en una ocasión a una pastelería. Aquella imagen no se le podría olvidar jamás…

Necesitaron un salvoconducto del tío Pedro, que era concejal del Ayuntamiento, acompañado de sendos certificados médicos que acreditaban que ninguna de las dos padecían hiperglucemia. Pero a pesar de eso, al entrar en la pastelería, a su madre la pincharon en un dedo para comprobar el nivel de azúcar, y a Ana, como se echó a llorar al ver la aguja y la gota de sangre en la yema del dedo de su mamá, no la pincharon pero la hicieron orinar en un tubo de ensayo que se llevaron a analizar a la trastienda del establecimiento.   

Una vez que comprobaron que todo estaba en orden, les sirvieron a ambas un chocolate con nata, y churros con mucho azúcar, que les supieron a gloria bendita. ¡Pero ahora era impensable! Ya no existían las confiterías, ni se vendían dulces en las tiendas…

Por eso pensó que ella tenía que hacer algo. No podía permitir que sus hijos no hubieran probado jamás nada azucarado. Ni tan siquiera conocían el significado de la palabra “dulce”. Ese sabor era un misterio para ellos. Algo desconocido y enigmático.

¡Su decisión era firme! Haría un pastel, o mejor mermelada de naranja que precisaba de menos ingredientes. En el viejo libro de recetas, vio que tan sólo necesitaba naranjas, agua y azúcar… ¡Oh! pero si el azúcar era uno de los productos prohibidos… Tal vez pudiera conseguirlo en el mercado negro. Lo tenía que intentar. Se vistió rápidamente y cuando bajaba corriendo por las escaleras vio subir al “sustanciador”.

– Buenos días, Ana –dijo el hombre- ¿Hoy no vas a necesitar hueso?

Era cierto, los sábados estaba permitido hacer caldo de verduras al que se le podía hervir durante tres minutos un hueso de jamón, para que le diese sustancia… ¿Cómo lo podía haber olvidado? ¡Si era un manjar exquisito que esperaba su familia durante toda la semana…! Los niños soñaban con que llegase el sábado para comer “cocido”.

– Por supuesto que lo necesito. Casi se me olvida, ¡qué cabeza! –se disculpó con el sustanciador que, además, tenía con ella la deferencia de subir a su casa cuando el hueso estaba recién cambiado y dejaba buena sustancia.

A la vecina del 2º1ª, que era una vieja antipática y le caía mal, la dejaba la última, y cuando iba a su casa, el hueso ya estaba medio seco. Ella se quejaba siempre, pero el sustanciador la callaba diciendo que las familias con niños pequeños tenían preferencia.

Ana condujo al hombre hasta la pequeña cocina en la que tan sólo había un hornillo. ¿Para qué más? Si apenas se podía cocinar nada. La carne, los lácteos y los huevos también eran alimentos prohibidos y, únicamente en casos muy excepcionales, bajo estricto control médico, se podían adquirir en centros especiales autorizados para su venta, y siempre bajo prescripción facultativa.    

El sustanciador sacó de un gran maletín metálico que llevaba sujeto a su muñeca con una cadena, un magnífico hueso de jamón que introdujo en la olla mientras controlaba el tiempo en el minutero de su reloj.

– ¡Tres minutos, listo!dijo-. ¡Disfrutad del cocido! -y sacando el hueso de la olla y volviendo a guardarlo delicadamente en el maletín, se marchó a otro piso.

“Bueno- pensó Ana-. La mermelada la dejaré para otro día, no sea que hoy, con tanta comida calórica, se me pongan malos de un atracón…”

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Relato inspirado en «El día de la marmota»

EL ASESINATO DE PRIM

Primer día:

-Diablos que manera de nevar -dijo el general mirando a la calle desde una de las ventanas de su habitación del Palacio de la Gobernación.

-Cariño, es 27 de diciembre, es normal que nieve –replicó Paquita mientras sentada junto a la chimenea, extendía mermelada de fresa sobre la tostada que sujetaba entre los dedos.

-Sí, pero este temporal de nieve va a hacer el viaje a Cartagena interminable y complicado. El bueno de Amadeo podría haberse decidido antes, y no esperar a que se nos echase el frío encima…

-Bueno, pero al final ha accedido, y tanto Montpensier como Serrano, se han quedado con un palmo de narices.

Mientras su mujer sorbía con placer su taza de café, Juan Prim terminó de abrocharse los botones dorados de la guerrera y echándose por los hombros su abrigo de piel de oso, se acercó a ella y dándole un suave beso en la mejilla, le susurró al oído:

-O vuelvo con él cogido de una oreja, o no vuelvo… Ya sabes, «caja o faja» -y ambos rieron divertidos recordando el día que había pronunciado aquella frase. 

Abajo le esperaba su ayudante personal al que dio los buenos días mientras se ponía los guantes.

-Aunque hoy tengo sesión en las Cortes, quiero regresar pronto a casa, que mañana nos espera un viaje pesado. Con tanta nieve todavía llegará Amadeo antes que nosotros… ¡Estaría bueno! –dijo el general riendo y mostrando sus blanquísimos dientes- con lo que me ha costado convencerle…  

En el Parlamento se entretuvo más de lo previsto, y le disgustó la frase que le lanzó José Paul y Angulo, aquel señoritingo jerezano, republicano, que en tono de amenaza le espetó: “A todo cerdo le llega su San Martín”.

¡Brabucón estúpido!, pensó el general dirigiéndose a la salida donde aguardaba su coche.  

Entró en la berlina verde y tras él su secretario. Cuando llegaron a la Calle del Turco dos carruajes les cerraron el paso. Tres individuos armados dispararon a bocajarro contra él por ambos lados de coche.  Recibió varios disparos en la mano con la que intentaba protegerse, y en el hombro. Su fiel asistente también resultó herido intentando cubrirle, y gracias a la habilidad del cochero, lograron zafarse de los asaltantes y llegar al palacio de Gobernación. Consiguió subir las escaleras por su propio pie, e incluso tranquilizar a su esposa que salió a su encuentro sobresaltada. Los médicos le extrajeron ocho balas del pecho y perdió varias falanges de la mano derecha.

Segundo día:

Era temprano y hacía frío, mucho frío. El general Prim, apartando los visillos de la ventana, miró al exterior y vio que nevaba intensamente.

-¡Por todos los Santos! –exclamó- ¿Cuándo va a dejar de nevar de una vez? 

-Cariño, es 27 de diciembre, es normal que nieve -respondió Paquita extendiendo mermelada sobre su tostada.

El general la miró sorprendido. Le pareció imposible que su mujer pudiera confundirse de día, ¡si era su secretaria más efectiva, lo recordaba siempre todo…!

-¿Cómo dices…? Hoy es día 28, y me voy a Cartagena a recoger a Amadeo. ¿No lo recuerdas?

-¡Juan, por Dios, hoy es 27! Si notan que empiezas a tener despistes y lapsus de memoria, estás acabado. Se lanzarán sobre ti como lobos. ¡Pues anda que no te tienen ganas… y sobre todo Montpensier! Ese no te perdona que le vetases por Borbón.

De pronto Prim recordó el sueño de la noche anterior. ¡Menuda pesadilla! Le acribillaban a tiros en su propia berlina. Tenía que andarse con cuidado con los republicanos y sobre todo con el tal José Paul. No era trigo limpio…Pero también le odiaba Serrano, y los Cubanos no digamos… ¡enemigos no le faltaban…!

Ese mismo día al salir de las Cortes tuvo un encontronazo con Paul. Se atrevió a gritarle: “A todo cerdo le llega su San Martín”. ¿Sería una amenaza…? Y de serlo, ¿ cómo se atrevía a lanzarla en público?

De regreso a casa, en la Calle del Turco, dos carruajes se cruzaron en la calzada cortándoles el paso. De entre las sombras salieron tres individuos que corrieron hacia su coche y abrieron fuego contra él a quemarropa. Le hirieron en la mano y en el hombro. ¡Tal como lo había soñado…!

Tercer día:

Estas imágenes se repitieron una y otra vez en la mente del general durante los siguientes días. No sabía si lo estaba soñando o realmente había ocurrido. La fiebre no cedía pese a las sangrías y los paños de agua fría que colocaba Paquita sobre su frente y sus muñecas.

Tres días después, precisamente el 30 de diciembre, fecha en la que desembarcó en Cartagena Amadeo de Saboya, moría Prim como consecuencia de la septicemia causada por las heridas infectadas. O, ¿tal vez fue estrangulado en su propia cama…? Eso nunca lo sabremos… Pero como decía su mujer cargada de razón: enemigos no le faltaban…

LA NAVE

Embarcaron en  el puerto de Gran Canaria. Tenía que ser una travesía de 8 días con escala en Tenerife; en el archipiélago de Madeira donde visitarían Funchal, la Isla de Porto Santo, y de regreso, harían escala en Agadir, para finalizar viaje en Lanzarote. Se trataba de un crucero de lujo. Todo era muy selecto y exclusivo. El  barco pequeño, de  tan sólo doce camarotes  y  la numerosa tripulación totalmente dedicada a que los pasajeros tuvieran una agradable estancia a bordo y se  vieran atendidos hasta en los más mínimos detalles.  El pasaje era variado: Matrimonios maduros en viaje de placer. Parejas de recién casados de luna de miel,  y jubilados que se auto regalaban un crucero para celebrar  haber llegado a la edad del retiro  con salud para disfrutar y dinero para gastar. También viajaban dos hermanas divorciadas, cincuentonas de buen ver y con muchas ganas de pasarlo bien,  y una madre de aspecto autoritario con un hijo jovenzuelo que se sonrojaba cada vez que, en los estrechos pasillos de la embarcación,  se cruzaba con alguna de las hermanas.

Al quinto día de navegación, cuando el barco se encontraba a mitad camino entre la isla de Madeira y Agadir, ocurrió algo insólito. Estaban tomando el fresco  en  cubierta después de una copiosa y exquisita cena. Era una cálida noche de verano  y todos  charlaban animadamente en corrillos. Los días que ya habían transcurrido de crucero sirvieron para que todos los pasajeros se conociesen y,  en aquel  reducido espacio y  en un  ambiente de vacaciones y diversión, se había creado entre ellos un clima de cordialidad y confianza, como si se conociesen de muchísimo tiempo atrás.  Una de las parejas de recién casados estaba mirando al mar, apoyados en la barandilla de la amura de estribor, cuando algo llamó su atención. Avisaron de inmediato al resto para que se asomasen a la barandilla y observaran el fondo marino. 

En efecto, en  las profundidades se apreciaban luces que se movían rápidamente de un lado a otro. Todos miraron instintivamente al cielo por si pudiera ser el reflejo de algún avión, mas el cielo estaba cuajado de estrellas brillantes pero sin rastro  de nave de ningún tipo.  Pensaron que tal vez se tratase de submarinos, y alborozados e incrédulos, mandaron a uno de los camareros en busca del capitán  para que les explicara de qué pudiera tratarse. Todos estaban ensimismados en la visión de las luces que parecía que cada vez estaban más cerca de la superficie. No sintieron miedo, por el contrario una increíble sensación de paz y de curiosidad les invadía. Nadie dijo ni una sola palabra, ni un ademán de aspaviento, ni tan siquiera se alejaron de la barandilla. Admirados y expectantes observaban los movimientos del oleaje y la cada vez mayor proximidad de la luz. De pronto, un artefacto luminoso surgió de entre las aguas elevándose a pocos metros de la superficie. Permaneció inmóvil unos instantes y, como una exhalación desapareció en el cielo. Las luces del fondo del mar desaparecieron también y allí quedaron todos atónitos sin saber qué es lo que había ocurrido. Salvo el capitán, que en sus numerosos viajes había tenido ocasión de presenciar el fenómeno en diversas ocasiones. En tono paternal les aconsejó que de  lo que acababan de ver, era mejor no hablar. No les creerán, dijo, y les tomarán por embusteros o locos. ”Ellos” han estado aquí desde siempre, aún antes que nosotros…