MUJERES ENTRE GUERRAS

Mis queridos amigos blogueros, hacía días que no publicaba nada aquí… Después de haber ido insertando algunos fragmentos de mi novela, por fin puedo comunicaros que ya está a la venta en librerías.

He intentado incluir una foto de la contraportada para que pudierais leer algo sobre el argumento, pero no he sido capaz de simultanear ambas imágenes… Con lo fácil que me resulta escribir, lo de la tecnología se me resiste… ¡está visto que pertenezco a otra generación!

Haciendo un brevísimo resumen, os diré que comienza en 1939, al finalizar la Guerra Civil española. Amelia, una de las protagonistas, emprende una desesperada búsqueda de su marido, militar de carrera republicano, desaparecido en la contienda. Mientras tanto decide enviar a sus hijos a Cefalonia donde vive su hermano, y allí les sorprenderá el estallido de la Segunda Guerra Mundial. La familia se verá envuelta en un sinfín de peripecias y aventuras. Las diversas mujeres coprotagonistas de la novela, vivirán historias de amor, pero también padecerán situaciones terribles de las que conseguirán ir saliendo airosas gracias a la unión y amistad que existe entre ellas.

En fin, si os gustan las novelas con trasfondo histórico y decidís leerla, espero que os guste y disfrutéis con ella.

¡Gracias por seguirme!

PERSECUCIÓN EN EL GRAN BAZAR

OS DEJO OTRO FRAGMENTO DE MI NOVELA «MUJERES ENTRE GUERRAS»

Iba observándolo todo, con gran curiosidad. Estaba deslumbrada. Jamás había visto tantas joyas, tanto oro y tantas piedras preciosas… Aunque ella era bastante austera en su aspecto externo, le entusiasmaban los adornos de plata. Pensó que tal vez podría comprarse un bonito colgante, o tal vez unos pendientes. (…)

Los vendedores, todos ellos varones, estaban en su mayoría en las puertas de los comercios y la invitaban a pasar al interior.

En una de las ocasiones que miró hacia atrás, en busca del rótulo de la joyería de la tarjeta, vio a un hombre con aspecto de inglés, que la miraba fijamente. Era joven y guapo, muy blanco de piel, bien vestido con sombrero y gabardina. Su pinta no era la de un turista de los que pululaban por allí. Por un momento se alegró. “No está nada mal…”, pensó para sus adentros. Estaba acostumbrada a llamar la atención de los hombres. Tal vez por su belleza un tanto peculiar, con su nariz pecosa y su cabellera rizada y rojiza… Pero ella era muy selectiva a la hora de echarse un novio. Tenía el listón puesto muy alto, y no todos cumplían con sus exigencias. No tenían que ser particularmente guapos, pero sí tener un atractivo especial, algo que les hiciera diferentes al resto…

Iba sumida en sus pensamientos cuando se dio cuenta que el hombre de la gabardina continuaba a sus espaldas. “Si quiere ligar conmigo, debería acercárseme con algún pretexto…”. Pero no, seguía a cierta distancia pero sin quitarle la vista de encima. Irene empezó también a observarle con disimulo. Lo veía reflejado en los cristales de los escaparates o en los espejos de las tiendas, y allí seguía. Manteniendo las distancias, pero siempre detrás de ella. Ahora ya lo veía claro: no es que le hubiera gustado, es que la estaba siguiendo…

Se metió en uno de los comercios y estuvo probándose pendientes. Con el espejito de mano que le dio el dependiente para que se los viera puestos, espió los movimientos de su perseguidor. Se había parado en la tienda de enfrente, simulando mirar el escaparate. Efectivamente, la seguía. ¿Pero quién era, y por qué la vigilaba?  

Pagó los pendientes y salió de la tienda con aire distraído, como si no fuera consciente de que la estaba observando el hombre guapo de la gabardina.

Giró por una callejuela estrecha, echó a correr con todas sus fuerzas y se metió en un bazar de ropa y babuchas, que encontró a la vuelta de una esquina. Conforme entraba, cogió la primera prenda que vio, que era un caftán de un horrible verde loro, y se fue hasta el fondo de la tienda. Se ocultó en un probador cerrando la cortinilla. La entreabrió ligeramente y vio que el dependiente estaba hablando en turco con una clienta, y ni la había mirado. Mejor así. Estuvo allí oculta un buen rato.

Después de un tiempo prudencial se asomó con cuidado y vio que la clienta ya se había marchado. Cogió una pañoleta, la más grande y discreta que vio, y se la echó por encima a modo de hiyab, de forma que le tapaba la cabeza y los hombros. Pagó y salió deprisa mirando al suelo, pero observando que no estuviera el hombre de la gabardina. No lo vio por ningún lado. Estuvo tentada de seguir buscando la joyería de la tarjeta, pero no era buena idea. Con aquel tipo merodeando por allí, lo más sensato era irse enseguida al hotel, y encerrarse en su cuarto hasta el día siguiente.

3er. Fragmento de mi novela MUJERES ENTRE GUERRAS

(Os dejo otro breve fragmento)

Aquel verano aparecieron más bebés en la casa. No solo estaban Leo y Eleni, la hija de la nodriza, que ya empezaba a dar sus primeros pasos, sino que además correteaban siete hermosos cachorros, hijos de Lila. Eran como bolitas de algodón de diversos colores. Los había blanquitos y grises, castaños y marrones, y uno negro con el hocico blanco igual que su padre, Rufo.  

Tomás y Carmina se habían autoproclamado los padres adoptivos de la prole de Lila, y estaban siempre pendientes de los chuchos. Bianca y Amelia se turnaban también en el cuidado de Leo y de los perritos, que se pasaban el día saltando de unos brazos a otros. Hasta Vincenzo, que al principio había sido reacio a dejar que anduvieran por el interior de la casa, estaba ahora entusiasmado con ellos. Tanto es así, que la presencia de su huésped forzoso, el capitán Bauman, pasó a ocupar un segundo plano. 

La que no se olvidaba en absoluto de la presencia del alemán era Lila. Ella dejaba que todos cogieran a sus crías, las acariciasen y les hicieran mimos. Nunca se mostró hostil con ningún miembro de la familia ni del servicio. Tampoco se preocupaba si los cogían los amigos de Carmen o de Tomás, que con frecuencia iban a verlos. Pero el día que Bauman se acercó a la caja donde tenía a sus cachorrillos, Lila saltó inmediatamente dentro, en una señal inequívoca de protegerlos, y como quiera que el capitán no se alejó, sino que intentó acercarse más, empezó a gruñirle arrugando el hocico y enseñándole los dientes, cosa que no había hecho jamás. Tomás intervino enseguida para calmarla, y el boche se alejó un poco asustado. Incluso hizo el gesto de llevarse la mano al revólver que llevaba al cinto. 

Desde ese día, cada vez que Bauman regresaba a casa, Lila no se separaba de sus crías, a las que no quitaba la vista de encima. Por supuesto, al “fritz” no se le ocurrió volver a acercarse a los cachorros…    

Todos comentaron este hecho. Irina vio clarísimo que, si la perra no soportaba la presencia del alemán cerca de sus retoños, era porque no se fiaba de él. Sin duda porque intuía que era una mala persona.

—Los animales tienen un sexto sentido para calar a la gente. Su instinto no falla nunca —solía decir. 

Tampoco al hijo de Simona le gustaba absolutamente nada el huésped. Ioannis hacía las veces de jardinero, chófer, jefe de mantenimiento y “chico para todo”, como él solía decir bromeando. En ocasiones se cruzaba con el alemán en el jardín o en el garaje de la casa, y el boche no se había dignado ni a mirarle a la cara, ni mucho menos saludarle. Bauman era despótico y prepotente, convencido de pertenecer a una raza superior que no tenía por qué sentir ninguna empatía con los seres que consideraba inferiores, y mucho menos si pertenecían al servicio. 

Algunos días, cuando se reunían a comer en la cocina, Ioannis comentaba con su madre y con las muchachas lo harto que estaba de ver a los nazis por la isla. A los italianos aún podía soportarlos, pero estos ya eran otra cosa…

—Si pudiera verme cara a cara con Bauman, solos los dos, en una lucha de igual a igual, de hombre a hombre, le iba yo a enseñar a ese cretino lo que pienso de la superioridad de su raza…

Irina le mandaba callar inmediatamente. 

—Calla, por Dios, que si te oye nos caemos con todo el equipo… ¡No sabes de lo que son capaces!

2º fragmento de mi novela: MUJERES ENTRE GUERRAS

… Incidentes similares habían ocurrido con relativa frecuencia, por lo que la proximidad de la muerte de la pobre Pascualina la preocupaba doblemente. Por un lado, porque lamentaba que aquellas niñas quedasen sin madre; y además, porque temía el comportamiento que a partir de ese momento pudiera tener Don Francisco. 

Una noche, después de cenar, le estaba contando a su madre sus temores:

—Mamá, tengo miedo de que ese hombre pierda los papeles cuando muera su mujer. No sé qué he de hacer —le decía angustiada. 

—Pues no te quedará más remedio que dejar esa casa… 

—Pero es el único ingreso que tenemos actualmente, y no me será fácil encontrar otro empleo. Los que pueden contratar profesoras particulares son las familias más afectas al nuevo régimen, y dudo que quieran a la mujer de un militar republicano desaparecido.  

—Ya lo sé; y no es solo eso lo que me preocupa —respondió su madre—. Temo aún más por la reacción de ese señor, por llamarle de alguna manera. Un hombre así, con ese carácter, acostumbrado a salir siempre triunfante, si se ve rechazado puede llegar a ser muy peligroso.  

—No me asustes, mamá, ¿qué quieres decir?

—No me hagas mucho caso, hija, pero el orgullo de un macho herido… me da miedo. ¡Yo qué sé lo que podría hacer o decir con tal de vengarse y desacreditarte! Has de ser muy cautelosa, y no provocar su ira. Procura no quedarte nunca a solas con él en la casa. Si no están las niñas, convence a esa criada joven que tienen para que siempre esté por medio… 

—A veces pienso que lo mejor sería irnos con Vincen y los niños —replicó Amelia. 

—Pero Europa está en guerra. Un viaje así de largo es muy peligroso…

—Sí, lo sé. Y además pienso que si me quedo aquí puedo recibir alguna noticia de Fernando, mientras que estando en Grecia será más difícil…

En ese momento llamaron a la puerta. Amelia se secó las lágrimas con el pañuelito que llevaba en la manga del jersey, y fue a abrir. Era el Sr. Puig. Con rostro aparentemente pesaroso dijo:

—Ya ha terminado todo. Acaba de morir. 

—Dios mío, ¡cómo lo siento! Ahora mismo bajo. 

—Paco Puig no hizo ademán alguno de moverse. Se quedó en el recibidor, esperando a que Amelia se lo dijera a su madre y bajase con él. 

En la escalera le comentó en voz muy baja:

—Amelia, ahora la necesitamos más que nunca. Todos, las niñas y yo. Por favor, no nos deje.  

—No, por supuesto. Estaré con ustedes para todo lo que precisen.  

—Gracias, Amelia. Sé que puedo contar con usted.

Y al decir esto, le acarició suavemente la mejilla. 

La criada fue a abrirles la puerta cuando llamaron. Él, con las prisas, no había cogido las llaves de casa. Al entrar, Felisa le guiñó un ojo a Amelia y le susurró al oído: 

—¡Joder, pues ya ves lo que ha tardado en ir a buscarte! Si la otra aún está caliente…

Efectivamente, la pobre Pascualina aún no presentaba el color de la muerte. Menuda, encogida, acurrucada entre las sábanas, parecía que dormía. Las niñas lloraban cada una a un lado de la cama de su madre. Le conmovió la escena. Ver a aquellas pobres criaturas desconsoladas, sumidas en el llanto, mientras su padre fingía una afectación que no sentía en absoluto… En el fondo de su alma, Paco Puig se sentía liberado y feliz. Había tardado más de dos años en morir desde que le diagnosticaron el cáncer. Dos años que, para él, fueron interminables. Parecía que no iban a pasar nunca. Era persistente, la pobre. No quería morirse, y se aferraba a la vida como a un clavo ardiendo. “Pero ¿para qué?”, se preguntaba Don Francisco. “Si igual se ha de morir, ¿a qué viene demorarlo tanto…?”.

La señora Pascualina murió el 28 de octubre de 1940. Evidentemente, ella no fue consciente de tal coincidencia; pero justo ese mismo día, las tropas de Mussolini penetraban en territorio griego desde Albania, y la aviación italiana bombardeaba Atenas, el puerto de El Pireo y otras ciudades griegas. 

Fragmento MUJERES ENTRE GUERRAS

Fragmento del primer capítulo de mi novela MUJERES ENTRE GUERRAS, que a principios de abril ya estará en las librerías y en venta online.

En el momento de embarcar, Carmen tuvo el desagradable presentimiento de que iba a pasar toda la travesía mareada. Por desgracia, pocas veces le fallaba la intuición. “Además de triste, ¡vomitando! Pues sí que empezamos bien…”, se dijo para sí. 

Tomás, sin embargo, estaba muy emocionado y correteaba por la cubierta del barco con la impaciencia propia de sus pocos años. Quería orientarse bien para saber llegar solo hasta el comedor, los camarotes y todos aquellos lugares del buque que a él se le antojaban misteriosos. Sentía una especial curiosidad por acceder a las zonas vedadas a los pasajeros, como el puente de mando, las bodegas o la sala de máquinas. 

Mientras tanto, lo único que Carmen deseaba era zarpar de una vez, porque aquella espera asomada a la barandilla, diciendo adiós con la mano a aquellos extraños que habían ido a acompañarlos al puerto, se le estaba haciendo interminable. La sonrisa ya se había convertido en una mueca. Sabía que, en el fondo, lo único que deseaban era perderlos de vista; y la verdad, el sentimiento era recíproco. Aunque por aquel entonces era aún muy joven (acababa de cumplir dieciséis años), notó enseguida que para aquel matrimonio había resultado muy cuesta arriba tenerlos en su casa el par de días que tardó el barco en zarpar hacia Corfú. Con ese gesto de hospitalidad forzada, consideraban que ya habían saldado con creces la deuda que tenían con su tío Vincenzo. 

Cuando por fin sonó la sirena y la marinería soltó las amarras, sintió un gran alivio. 

La salida del puerto de Venecia al atardecer fue un espectáculo maravilloso que jamás podría olvidar. Iban alejándose de los últimos puentes, las cúpulas y las luces de la ciudad, mientras las gaviotas revoloteaban alrededor del barco, casi en formación, y estaban tan cerca de ella, que alargando el brazo parecía que podía tocarlas. No le daban miedo, al contrario; le gustaba oír sus graznidos, como si también hubieran ido a despedirlos. Lamentó no haber cogido algún resto de los panecillos de la comida para poder lanzárselos y ver si lograban cazarlos en el aire. 

Conforme se fueron desdibujando las últimas imágenes de la ciudad y la noche empezó a caer, una tristeza inmensa se iba adueñando de ella. Parecía como si una mano invisible atenazase su garganta, dificultándole la respiración. Tenía miedo, no solo al mar, sino al futuro incierto que les aguardaba. ¡Qué distinto hubiera sido todo si su madre hubiera podido acompañarlos! Pero no podía hacerlo. La falta de noticias sobre el paradero de su marido y el estado de salud de la abuelita María le impedían abandonar Barcelona. Por tanto, Amelia optó por poner a salvo a sus hijos; o al menos, eso pensó en aquellos momentos…  

A Carmen le preocupaba también que el tío Vincenzo hubiera accedido a acogerlos en su casa tan solo por la insistencia de su madre y de la abuela, pero que en el fondo le resultasen unos parientes molestos a los que se cobija únicamente por lástima.

Su madre le había hablado muy bien de él. Decía que era una excelente persona y que, aunque viviera en Grecia y apenas hubieran tenido contacto, iba a cuidar de ellos, y haría que se sintieran como en su propia casa. No pudo asegurar lo mismo de su mujer, ya que Amelia apenas conocía a su cuñada Bianca. Por lo que sabían de ella a través del tío Vincen, pertenecía a una familia muy distinguida de origen veneciano, al igual que la de la abuela.

El mar estaba embraveciéndose por momentos y las crestas blancas de las olas chocaban con furia contra los costados de la embarcación, produciéndoles una desagradable sensación de inestabilidad y temor. Tomás quiso ir a proa para ver el mar desde allí, pero al salpicarle las olas que saltaban por las amuras de babor y estribor, se agarró tan fuerte de la mano de su hermana que esta pudo sentir su pánico. Se vio en la necesidad de infundirle confianza y hacerse la fuerte. Al fin y al cabo, era la hermana mayor que, en teoría, debía protegerle. Con tono jovial y rostro risueño le dijo:

—Corre, vamos a ver el camarote. Tal vez nos hayan llevado ya el equipaje y podamos cambiarnos de ropa para subir a cenar. 

La verdad era que no tenían mucha ropa. Todas sus pertenencias cabían en una maleta y una bolsa de mano. Entre su madre y la abuela, con sobrantes de unas piezas de tela que les había regalado la señora Puig, habían hecho para Carmen un par de vestidos nuevos. Eran en realidad batitas sencillas con el sello inconfundible de la confección casera; pero después de haber pasado tantas calamidades, poder estrenar algo le hacía sentir como una princesa, y estaba deseosa de ponérselos. 

A Tomás también le habían arreglado varios pantalones y camisas que les dio la vecina de arriba, una viuda que ya había perdido en la guerra al marido y al hijo mayor. Esa ropa había pertenecido al más pequeño de los chicos que, como tantos otros de la “Quinta del Biberón” movilizados en enero, cayó al segundo día de llegar al frente. La pobre mujer lloró con tanta desesperación cuando le dieron la noticia, que por temor a que pudiera cometer un disparate y arrojarse a la calle desde una ventana, las vecinas montaron guardia durante varios días para vigilarla, y no permitieron que se quedase sola ni un instante. Era el segundo hijo que perdía en la maldita guerra; y encima, cuando ya se daba prácticamente por terminada. 

Desde octubre de 1938 todo el mundo decía que era cuestión de semanas, pero las semanas se convirtieron en unos meses interminables. Los bombardeos, el hambre y la huida en desbandada hacia Francia convirtió Barcelona en un auténtico infierno. 

El camarote era pequeño, estrecho y bastante oscuro; pero era únicamente para ellos dos. Les espantaba la idea de tener que compartirlo con personas extrañas, por lo que ya lo miraron con buenos ojos y hasta les pareció confortable. Tenía una litera de camitas estrechas, pero suficientes para ellos, que estaban delgadísimos. Los últimos tiempos habían sido muy duros y comían poco y mal. Además, con su padre en el frente de Valencia, la situación de la familia en Barcelona durante los últimos meses había sido más que precaria. Aunque recibían puntualmente la paga del padre, el dinero, o mejor dicho aquel símil de cartón que circulaba en aquellos días, ya no servía para nada. Nadie lo quería. Solo funcionaba el trueque.  

Amelia y la abuela María lo habían vendido todo, absolutamente todo, para poder sobrevivir a duras penas. Los víveres se destinaban a la intendencia del Ejército, y la población civil sufría escasez hasta de lo más esencial. Aquello que no era imprescindible, podía ser objeto de permuta: joyas, pieles, objetos de plata, cubiertos, abrigos, zapatos… La abuela canjeó una preciosa estola de visón blanco con unos payeses, a cambio de un saquito de avellanas. 

Además, en aquellos años en los que nevó intensamente, no quedaba ya carbón, ni tenían manera humana de protegerse del frío. Así que los libros de la biblioteca de los abuelos acabaron en la caldera.

El abuelo Ramón era notario, y tenía una impresionante colección de libros de Derecho, recopilatorios de sentencias, resoluciones administrativas y cosas por el estilo. Pero también tenía una de las primeras ediciones de la enciclopedia de Espasa; tomos sobre historia, arte, geografía, razas humanas e infinidad de libros curiosos sobre magia, ajedrez, esperanto, y hasta sobre el adiestramiento de perros. Y por supuesto, no faltaba una interminable colección de novelas y ensayos de autores nacionales y extranjeros de todos los tiempos. Además, en la biblioteca de la familia se juntaron también volúmenes del bisabuelo Mauricio, que era médico. Tenía tratados de anatomía, ginecología y obstetricia, que Amelia colocó en la parte más alta de las estanterías porque suscitaban la curiosidad de Tomás que, cuando estaba solo, buscaba fotos indecorosas. 

Pues primero ardieron los libros, y después la propia librería. Entre todos la desmontaron con un destornillador y un martillo, y la hicieron pedazos que iban lanzando a la caldera o a la cocina económica.  

Después quemaron los muebles. El precioso mobiliario de la casa de Amelia fue también pasto de las llamas. Aunque para eso necesitaron la colaboración del hijo de la portera, porque sin disponer de un hacha era imposible trocearlos. 

El piso quedó convertido en una triste sombra de lo que fue en otros tiempos. Solo se quedaron con lo imprescindible: las camas, algunas sillas, la butaca de la abuela y poco más. Todo lo que era susceptible de arder, se quemó. 

Se salvaron las cortinas, eso sí, porque además de bajar las persianas, por las noches había que correr las cortinas para que no se viera ninguna luz desde la calle. 

En enero de 1939 Carmen cayó enferma. La fiebre llegó a los cuarenta grados, y el médico aseguró que podía complicarse con una neumonía si no cambiaba de aires y empezaba a comer como es debido. Amelia se alarmó muchísimo, porque un hermano suyo había muerto de pequeño a causa de una neumonía; y evidentemente, la abuela no ayudaba a tranquilizarla, sino todo lo contrario. 

—Dios mío —le decía a Amelia—. Tenemos que sacar a esta niña de aquí como sea… yo ya perdí a un hijo, y no soportaría presenciar también la muerte de mi nieta. Hemos de contactar con tu hermano Vincen. Él es una persona de muchos recursos y seguro que nos ayuda a poner a salvo a los niños.

—Mamá, pero dime, ¿qué quieres que haga? ¡Ya ves cómo está saliendo en tropel la gente de Barcelona! Las carreteras están colapsadas, y dicen que cuando los que logran pasar la frontera llegan a Francia, los meten en campos de concentración… es mejor seguir aquí todos juntos. 

—Pues habla con la señora Puig, a ver si ella nos puede ayudar. Es buena persona, y su marido trapichea con todo lo imaginable. Seguro que en su casa no falta de nada. A ver si te puede dar leche, o huevos, o algo para que esta niña coma un poco bien… 

—De acuerdo, lo intentaré, pero ya me va dando cosas siempre que puede y no quiero abusar. Si me despiden será peor. Nos quedaríamos sin nada.

—Pero, ¡qué te van a echar! ¡Si tú en esa casa eres imprescindible! 

Aunque lo decían en voz muy baja para que los niños no lo oyeran y no se alarmasen, como la casa estaba totalmente vacía de mobiliario, las voces retumbaban y, sin demasiado esfuerzo, Carmen y Tomás oían perfectamente sus conversaciones.  

Entre Amelia y su madre siempre hablaban en italiano. La abuela María nunca renunció a su idioma, que consideraba mucho más dulce y musical que el español que, para ella, era duro de pronunciar. De hecho, aunque había pasado tres cuartas partes de su vida en España, siempre se le resistieron las erres y las jotas, a pesar de que su marido se llamaba Ramón. 

Amelia había entrado a trabajar en casa de los Puig en el verano de 1938. Por aquel entonces el final de la contienda se veía ya muy cercano. La República había quedado dividida en dos zonas, y Cataluña aislada de la zona central. Las noticias del padre llegaban con cuentagotas y la situación de la familia en Barcelona era cada vez más difícil. 

El Funeral

El funeral de Alfredo fue multitudinario. 

Apenas se cabía en el pequeño tanatorio de El Grove. Nadie en el pueblo recordaba haber visto tantos coches imponentes con gente tan distinguida. Señoras enlutadas con gafas de sol muy oscuras, bolsos de marca enormes, y collares de perlas. Los caballeros llevaban todos trajes grises y corbatas negras de seda.

Desde luego el pequeño Alfrediño había prosperado mucho en los últimos años.

¿Quién lo hubiera dicho de aquel niño botarate del que, según su padre, no se podría hacer carrera? Sin embargo el maestro siempre pensó que aunque indisciplinado y alocado, era el chico más listo que jamás había conocido.  Aunque no le gustasen los estudios, tenía una facilidad natural para los números. Hacía operaciones mentalmente con más facilidad que el resto de sus compañeros con calculadora, y también tenía un don especial para los trapicheos. Intercambiaba cromos, canicas, tebeos y lo que surgiera, consiguiendo siempre   enredar a los demás para sacar tajada.

Recién cumplidos los 20 años, se fue a Pontevedra en busca de fortuna, y al poco, escribió a su madre contándole que con dos amigos, había montado un negocio de importación de cafés de Sudamérica.

Aunque provenía de una familia humilde de pescadores de la Ría de Arosa, gallegos nobles, trabajadores y buena gente, y él tenía una cultura muy escasa, gracias a su don de gentes y a su habilidad natural para los negocios, logró que prosperase todo aquello en lo que se embarcaba. Al café, le siguieron el tabaco, los vehículos usados, y hasta artículos de lujo con cuya importación y posterior venta, conseguía pingües beneficios a base de tejemanejes con los funcionarios de Aduanas.

Sabe Dios de qué manera, a base de su palabrería fácil y físico agraciado, consiguió encandilar a la hija de uno de los grandes empresarios turísticos de Pontevedra, a la que hizo creer que era un magnate de los negocios descendiente de una acaudalada familia de conserveros asturianos.

La boda se celebró en la Toja y a ella acudieron las personalidades más relevantes e influyentes no sólo de Galicia, sino de toda España.

En los círculos selectos, a los que accedió gracias a su matrimonio, se comentaba a sus espaldas su evidente falta de clase, pero ello no obstante le toleraban en sus reuniones, poniéndole incluso buena cara y riéndole los chistes, ya que en definitiva, aquel advenedizo, podía suministrarles cualquier tipo de mercancía o de sustancia, permitida o prohibida, sin hacer preguntas.

Alfredo no fue consciente del terreno pantanoso en el que se estaba metiendo hasta que ya fue demasiado tarde. Intentar hacer la competencia a los cárteles latinos de la droga, fue un error que le costó la vida.

Con apenas treinta años le hallaron muerto en el interior de su Ferrari último modelo, con un disparo en la cabeza y sus sesos desparramados por el interior del vehículo, tiñendo de rojo la tapicería de cuero blanco de los asientos.

A los dos años de su muerte, su viuda, que pasados los primeros meses de matrimonio y el enamoramiento inicial, ya se había percatado de que todo lo que rodeaba a su guapo marido era una farsa y un cúmulo interminable de embustes, rehízo felizmente su vida con un ingeniero de telecomunicaciones con el que tuvo cuatro hijos.

Biografía

Como decía Fernando Pessoa, mi biografía es sencilla:

«Si después que yo muera, se quisiera escribir mi biografía, nada sería más simple. Exactamente poseo dos fechas, la de mi nacimiento y la de mi muerte. Entre una y otra todos los días me pertenecen.«

Aunque como aún no he muerto, debería añadir algo más… He pasado de ser una licenciada en Derecho, funcionaria por oposición, a convertirme en una contadora de cuentos, por vocación.

Presentación

Después de haber pasado media vida amarrada a una silla de despacho durante ocho horas al día, como Prometeo encadenado a la roca, por fin he empezado a hacer lo que en realidad me gusta: leer, escribir, oír buena música, visitar museos y exposiciones… todo aquello que la falta de tiempo no me permitía realizar, al menos con la frecuencia que hubiera deseado.

Los relatos de Gloria

En este blog pretendo colgar algunos de mis relatos, así como comentarios sobre libros que me han resultado interesantes, exposiciones que he visitado, u otros temas de aspecto cultural.

Hasta el momento he escrito dos novelas: una que ya ha sido publicada y otra que está en vías de serlo, de cuya evolución ya os iré informando.