EL BARRIO DE MI NIÑEZ

Yo nací en una ciudad pequeña. Y no lo hice en un hospital, sino en casa como se estilaba en la época. Entre mi tía que era practicante y la comadrona contribuyeron a traerme al mundo. Parece ser que cuando la cosa estaba ya muy adelantada apareció el médico, básicamente para justificar sus honorarios.

Mi madre lo pasó francamente mal. Entonces no existían las epidurales. Tan sólo una mascarilla en la que echaban unas gotas de cloroformo y había que inhalar profundamente. Según mamá, aquello era un engañabobos que no producía ningún efecto anestésico. Yo, además de ser pesada y lenta para nacer, me negué a comer. Lo único que se me daba bien era berrear día y noche.

Vivíamos al lado de la “media luna” una plazoleta semicircular que, seguro que tenía un nombre, pero nadie lo utilizaba nunca. Es curioso, pero las calles se conocían por su ubicación o por los comercios que había en ellas. Solíamos decir: “Ves a la calle de la estación… o está enfrente de la zapatería…” y en ocasiones, se usaban circunloquios muy divertidos como: “lo encontré en la tiendecilla del callejón que sale de la calle de correos, delante de la perfumería grande”. ¡Cuánto más fácil hubiera sido decir el nombre de la calle o del comercio! pero no, así era mucho más entretenido. La cosa se complicaba algo cuando por ejemplo había dos farmacias. Una era la del “pelao” porque el boticario era calvo, y para referirnos a la distinta decíamos: “la del “pelao no, la otra”.

A mis padres les encantaba llevarme a pasear en el cochecito por el barrio. Como era una niña graciosa y en aquellos tiempos todo el mundo se conocía, les paraban para mirarme, echarme piropos y hacerme monerías, y papá se sentía ufano como un pavo real. Creo que eso me salvó, porque si encima de lo que les hice padecer para comer, hubiera sido fea, me hubieran tirado por el balcón, ¡seguro!

El colegio estaba tan solo a dos manzanas de mi casa, con lo que desde muy pequeña me dejaron ir y volver sola. Únicamente tenía que cruzar un par de calles estrechas por las que jamás pasaba ningún vehículo. De todos modos, me inculcaron que me debía parar siempre y mirar a izquierda y derecha antes de atravesar la calzada, y además, mamá se quedaba en el balcón vigilándome, hasta que al doblar una esquina desaparecía de su vista.  

Recuerdo que por las mañanas me encantaba salir de casa temprano para ir al cole con tiempo para ver cómo se iban abriendo las tiendas. Ese despertar del barrio me producía una gran alegría. Como los dueños de los colmados sabían quién era, iba saludándoles a todos. A esas horas estaban sacando a la calle las cajas con la fruta y las verduras, y siempre me daban algún caramelo.

Sobre todo, lo que más me gustaba, era mirar las novedades que había en un quiosco pequeño que estaba instalado en un portal, en el que vendían tebeos, cuentos infantiles y golosinas. El dueño era más bien adusto, siempre con una colilla colgando del labio inferior y con barba de varios días. Debía estar hasta las narices de todos nosotros que entrábamos, lo revolvíamos todo, y la mayoría de las veces salíamos sin comprarle nada. ¡Pobre hombre! Ahora que reparo en ello, creo que nunca he vuelto a ver comercios en portales, pero en aquella época eran frecuente.

Muy cerca de mi casa vivía mi mejor amiga del colegio, y muchas tardes, cuando salíamos de clase, merendábamos juntas pan con chocolate, que era la merienda tradicional de la época, y luego bajábamos a jugar a la calle con otros vecinos del barrio.

Otro recuerdo que tengo muy presente de cuando era pequeña, es el del repique de campanas. Justo al lado de donde vivíamos había una iglesia, y el campanario estaba a menos de cien metros. Los toques eran incesantes a lo largo del día. Tocaban al alba, al ángelus, a misa, a difuntos, y además, daban las horas y los cuartos. Unas veces volteaba la campana alta del carrillón, y otras, las pequeñas. Mamá me explicaba el significado de cada uno de los repiques, pero si conseguí entenderlo alguna vez, ya se me ha olvidado. Lo que sí recuerdo perfectamente es que tenían una curiosa habilidad para ponerse a repiquetear en el momento más interesante del diálogo de las películas. Papá, que encima era un poco sordo, siempre preguntaba: “¿Qué ha dicho? ¿lo habéis oído?” Pero no, nadie podía haberlo entendido. Creo que el sacristán lo hacía a mala idea…

En la plazoleta de la iglesia había unos árboles gigantescos, o al menos a mí me lo parecían, y en ellos anidaban infinidad de pájaros. Cuando empezaba a amanecer se oían los primeros trinos. Al principio tímidamente, pero conforme iba avanzando el día se convertían en una auténtica algarabía. Además nosotros vivíamos en el último piso del edificio, debajo del tejado, y allí había unos huecos para la ventilación que aprovechaban las golondrinas y las palomas para instalar sus nidos. Siempre que a lo largo de la vida he oído el zureo de las palomas, ese sonido me ha transportado a mi infancia y primera juventud.

Sin duda alguna aquellos años en los que vivía rodeada del cariño de mi familia, y en los que podía jugar correteando libremente por las calles y plazoletas del barrio, fueron los más felices de toda mi vida.     

El desconocido

Jamás hubiera imaginado que me iría sola de viaje a un crucero por la Polinesia. Si tomé esa decisión fue por un reto, un desafío hacia mí misma: “No serás capaz– me decía- siempre has sido muy cobarde…”.  

Realmente, la mayoría de las cosas que había hecho en la vida me habían venido impuestas por la familia, las buenas costumbres o las circunstancias: “Tienes que estudiar farmacia como tu padre”, me habían repetido incesantemente desde muy pequeña. Y lo hice. “Te has de casar joven y tener los hijos pronto, para que así jueguen y se críen juntos”, y también lo hice.

Lo que no estaba previsto, ni entraba en mis cálculos, ni nadie me había advertido, es que a los cuarenta años, el cretino de mi marido me dejaría plantada para irse a vivir con un pendón veinte años más joven que él; que mis tres hijos, aquéllos que me recomendaron insistentemente que debía tener muy seguiditos para que se criasen juntos, iban a  estar, los tres a la vez, estudiando en los Estados Unidos; y que mis queridos padres, los de los buenos  consejos, se instalarían a vivir plácidamente su retiro, en un pueblecito de la costa de Almería… Pasé de tener una familia, a encontrarme absolutamente sola, deprimida y triste.

En aquel crucero confiaba en poder descansar, leer, reflexionar sobre mi situación, y adquirir a base de sol y gin-tonics, las fuerzas necesarias para enfrentarme a mi nueva vida.    

Durante una de las excursiones en lancha por aquellas paradisíacas playas de arena blanca y vegetación exuberante, reparé en la cabeza de un hombre sentado dos filas delante de la mía. No podía apartar la vista de su nuca. Me gustaba su pelo muy corto y canoso. Su cuello moreno. Su espalda ancha… Vi cómo pasaba amorosamente el brazo por encima de los hombros de su compañera de asiento. Aquel brazo, tostado por el sol, cubierto de bello castaño, me pareció musculado y magnífico. La mano con la que sujetaba el hombro de su acompañante era grande, con dedos largos y fuertes. En ese momento envidié a aquella mujer. ¡Qué segura y protegida se debía sentir!

Fue una sensación intensa, nueva para mí y casi física, que me produjo un cosquilleo en el estómago.  Deseé a aquel desconocido…

Finalizada la excursión, de regreso al barco, busqué la manera de hacerme la encontradiza y entablar conversación con la pareja. Los vi en la cubierta superior bebiendo un Martini. Tomé asiento a su lado, les sonreí, e intenté comentar algo sobre los maravillosos lugares que acabábamos de visitar. Imposible entenderme con ellos ni en inglés, ni en francés. Parecían rusos. ¡Vaya por Dios, qué mala suerte…!

Cuando se levantaron, les seguí.  El azar quiso que tuvieran el camarote en el mismo pasillo que el mío. Salí al exterior de la suite para ver si los podía ver desde allí. Efectivamente, estaban tumbados en las hamacas de su terracita contemplando el mar en silencio. De pronto, vi que hablaban entre ellos y él se levantó como si fuera a buscar algo. Rápidamente fui a la puerta, la entreabrí y vi que venía caminando por el pasillo en dirección hacia mí camarote. El corazón me latía con tal intensidad que temí desmayarme. Justo cuando pasó por delante de mi puerta, la abrí bruscamente y tropezando con él, hice como si me hubiera caído. El ruso, me reconoció y, pidiendo excusas (“sorry, sorry”), intentó incorporarme. Fingí haberme lastimado un tobillo y no poder apoyar el pie en el suelo. En vista de que era imposible levantarme, me cogió en brazos y me introdujo en mi camarote, depositándome delicadamente sobre la cama.

A partir de ese momento todo ocurrió a una velocidad vertiginosa. Incomprensiblemente, me vi haciendo el amor con un desconocido; con alguien con quien no podía intercambiar ni una sola palabra, y de quien no sabía absolutamente nada… ¡Fue una auténtica locura, un despropósito contrario a la moral, y totalmente impropio de alguien con mi educación y principios…!

Durante el resto del viaje apenas me atreví a salir del camarote por temor a encontrarme con el ruso. Estaba tremendamente avergonzada, pero por otro lado me sentía feliz. Me había vengado de mis padres, del imbécil de mi marido y de mis hijos. Seguro que todos desaprobarían mi conducta. Pero, por primera vez en mi vida, a los cuarenta años, había infringido las normas y eso me llenaba de satisfacción.

DISTOPÍA

Se despertó muy temprano, con las primeras luces que penetraban entre las lamas de la persiana sólo bajada a medias. Se levantó de un brinco evitando hacer ruido. Juan roncaba a su lado.

Fue descalza a ver a los niños. Ambos dormían profundamente. Entornó la puerta para que no se despertaran. Era sábado.  No había prisa. 

“De hoy no pasa” –pensó Ana– lo tengo que hacer…”

Se lavó la cara rápidamente, se puso una chaqueta encima del camisón y fue a la pequeña librería que habían instalado en un rincón de la sala. Estaba impaciente. Rebuscó palpando por detrás de una antiquísima colección de arte que había pertenecido a su bisabuelo y que conservaban por motivos sentimentales. A ella le apasionaba el tacto de aquel papel fino y satinado de los libros antiguos, aunque con las reducidas dimensiones del apartamento, encajar aquella reliquia había sido todo un reto. Tocó con la punta de los dedos el lomo de piel de un libro. Allí estaba. ¡El libro de recetas de la abuela! Sabía que lo había escondido bien, porque estaba prohibido.

Todos los libros y CDs de recetas de cocina habían sido quemados en hogueras en las plazas públicas y, quien conservara alguno, se arriesgaba a ser sancionado con cuantiosas multas.

También había sido suprimida su referencia de todas las bases de datos. Todos los alimentos debían ser saludables y controlados por la Administración. El erario público no podía sostener el coste sanitario que anualmente representaban las enfermedades por una mala nutrición.

Los diabéticos debían pagar la insulina con sus propios fondos, y si no disponían de efectivo, se embargaban sus bienes. Los asmáticos, bronquíticos y demás enfermos de vías respiratorias, habían sido confinados en viejos hospitales sin apenas mantenimiento, aislados entre montañas, totalmente alejados de las ciudades.

El abuelo de Ana murió a los cincuenta y pocos años, en uno de aquellos edificios fríos y medio ruinosos. No se ofició ninguna ceremonia de despedida y lo enterraron en una fosa común. Las autoridades sanitarias consideraron que no que no merecía más: Había sido fumador…

Ana recordaba muy vagamente el sabor de los dulces, de los pastelillos de nata, del chocolate… Cuando era muy pequeña su madre la llevó en una ocasión a una pastelería. Aquella imagen no se le podría olvidar jamás…

Necesitaron un salvoconducto del tío Pedro, que era concejal del Ayuntamiento, acompañado de sendos certificados médicos que acreditaban que ninguna de las dos padecían hiperglucemia. Pero a pesar de eso, al entrar en la pastelería, a su madre la pincharon en un dedo para comprobar el nivel de azúcar, y a Ana, como se echó a llorar al ver la aguja y la gota de sangre en la yema del dedo de su mamá, no la pincharon pero la hicieron orinar en un tubo de ensayo que se llevaron a analizar a la trastienda del establecimiento.   

Una vez que comprobaron que todo estaba en orden, les sirvieron a ambas un chocolate con nata, y churros con mucho azúcar, que les supieron a gloria bendita. ¡Pero ahora era impensable! Ya no existían las confiterías, ni se vendían dulces en las tiendas…

Por eso pensó que ella tenía que hacer algo. No podía permitir que sus hijos no hubieran probado jamás nada azucarado. Ni tan siquiera conocían el significado de la palabra “dulce”. Ese sabor era un misterio para ellos. Algo desconocido y enigmático.

¡Su decisión era firme! Haría un pastel, o mejor mermelada de naranja que precisaba de menos ingredientes. En el viejo libro de recetas, vio que tan sólo necesitaba naranjas, agua y azúcar… ¡Oh! pero si el azúcar era uno de los productos prohibidos… Tal vez pudiera conseguirlo en el mercado negro. Lo tenía que intentar. Se vistió rápidamente y cuando bajaba corriendo por las escaleras vio subir al “sustanciador”.

– Buenos días, Ana –dijo el hombre- ¿Hoy no vas a necesitar hueso?

Era cierto, los sábados estaba permitido hacer caldo de verduras al que se le podía hervir durante tres minutos un hueso de jamón, para que le diese sustancia… ¿Cómo lo podía haber olvidado? ¡Si era un manjar exquisito que esperaba su familia durante toda la semana…! Los niños soñaban con que llegase el sábado para comer “cocido”.

– Por supuesto que lo necesito. Casi se me olvida, ¡qué cabeza! –se disculpó con el sustanciador que, además, tenía con ella la deferencia de subir a su casa cuando el hueso estaba recién cambiado y dejaba buena sustancia.

A la vecina del 2º1ª, que era una vieja antipática y le caía mal, la dejaba la última, y cuando iba a su casa, el hueso ya estaba medio seco. Ella se quejaba siempre, pero el sustanciador la callaba diciendo que las familias con niños pequeños tenían preferencia.

Ana condujo al hombre hasta la pequeña cocina en la que tan sólo había un hornillo. ¿Para qué más? Si apenas se podía cocinar nada. La carne, los lácteos y los huevos también eran alimentos prohibidos y, únicamente en casos muy excepcionales, bajo estricto control médico, se podían adquirir en centros especiales autorizados para su venta, y siempre bajo prescripción facultativa.    

El sustanciador sacó de un gran maletín metálico que llevaba sujeto a su muñeca con una cadena, un magnífico hueso de jamón que introdujo en la olla mientras controlaba el tiempo en el minutero de su reloj.

– ¡Tres minutos, listo!dijo-. ¡Disfrutad del cocido! -y sacando el hueso de la olla y volviendo a guardarlo delicadamente en el maletín, se marchó a otro piso.

“Bueno- pensó Ana-. La mermelada la dejaré para otro día, no sea que hoy, con tanta comida calórica, se me pongan malos de un atracón…”

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Relato inspirado en «El día de la marmota»

EL ASESINATO DE PRIM

Primer día:

-Diablos que manera de nevar -dijo el general mirando a la calle desde una de las ventanas de su habitación del Palacio de la Gobernación.

-Cariño, es 27 de diciembre, es normal que nieve –replicó Paquita mientras sentada junto a la chimenea, extendía mermelada de fresa sobre la tostada que sujetaba entre los dedos.

-Sí, pero este temporal de nieve va a hacer el viaje a Cartagena interminable y complicado. El bueno de Amadeo podría haberse decidido antes, y no esperar a que se nos echase el frío encima…

-Bueno, pero al final ha accedido, y tanto Montpensier como Serrano, se han quedado con un palmo de narices.

Mientras su mujer sorbía con placer su taza de café, Juan Prim terminó de abrocharse los botones dorados de la guerrera y echándose por los hombros su abrigo de piel de oso, se acercó a ella y dándole un suave beso en la mejilla, le susurró al oído:

-O vuelvo con él cogido de una oreja, o no vuelvo… Ya sabes, «caja o faja» -y ambos rieron divertidos recordando el día que había pronunciado aquella frase. 

Abajo le esperaba su ayudante personal al que dio los buenos días mientras se ponía los guantes.

-Aunque hoy tengo sesión en las Cortes, quiero regresar pronto a casa, que mañana nos espera un viaje pesado. Con tanta nieve todavía llegará Amadeo antes que nosotros… ¡Estaría bueno! –dijo el general riendo y mostrando sus blanquísimos dientes- con lo que me ha costado convencerle…  

En el Parlamento se entretuvo más de lo previsto, y le disgustó la frase que le lanzó José Paul y Angulo, aquel señoritingo jerezano, republicano, que en tono de amenaza le espetó: “A todo cerdo le llega su San Martín”.

¡Brabucón estúpido!, pensó el general dirigiéndose a la salida donde aguardaba su coche.  

Entró en la berlina verde y tras él su secretario. Cuando llegaron a la Calle del Turco dos carruajes les cerraron el paso. Tres individuos armados dispararon a bocajarro contra él por ambos lados de coche.  Recibió varios disparos en la mano con la que intentaba protegerse, y en el hombro. Su fiel asistente también resultó herido intentando cubrirle, y gracias a la habilidad del cochero, lograron zafarse de los asaltantes y llegar al palacio de Gobernación. Consiguió subir las escaleras por su propio pie, e incluso tranquilizar a su esposa que salió a su encuentro sobresaltada. Los médicos le extrajeron ocho balas del pecho y perdió varias falanges de la mano derecha.

Segundo día:

Era temprano y hacía frío, mucho frío. El general Prim, apartando los visillos de la ventana, miró al exterior y vio que nevaba intensamente.

-¡Por todos los Santos! –exclamó- ¿Cuándo va a dejar de nevar de una vez? 

-Cariño, es 27 de diciembre, es normal que nieve -respondió Paquita extendiendo mermelada sobre su tostada.

El general la miró sorprendido. Le pareció imposible que su mujer pudiera confundirse de día, ¡si era su secretaria más efectiva, lo recordaba siempre todo…!

-¿Cómo dices…? Hoy es día 28, y me voy a Cartagena a recoger a Amadeo. ¿No lo recuerdas?

-¡Juan, por Dios, hoy es 27! Si notan que empiezas a tener despistes y lapsus de memoria, estás acabado. Se lanzarán sobre ti como lobos. ¡Pues anda que no te tienen ganas… y sobre todo Montpensier! Ese no te perdona que le vetases por Borbón.

De pronto Prim recordó el sueño de la noche anterior. ¡Menuda pesadilla! Le acribillaban a tiros en su propia berlina. Tenía que andarse con cuidado con los republicanos y sobre todo con el tal José Paul. No era trigo limpio…Pero también le odiaba Serrano, y los Cubanos no digamos… ¡enemigos no le faltaban…!

Ese mismo día al salir de las Cortes tuvo un encontronazo con Paul. Se atrevió a gritarle: “A todo cerdo le llega su San Martín”. ¿Sería una amenaza…? Y de serlo, ¿ cómo se atrevía a lanzarla en público?

De regreso a casa, en la Calle del Turco, dos carruajes se cruzaron en la calzada cortándoles el paso. De entre las sombras salieron tres individuos que corrieron hacia su coche y abrieron fuego contra él a quemarropa. Le hirieron en la mano y en el hombro. ¡Tal como lo había soñado…!

Tercer día:

Estas imágenes se repitieron una y otra vez en la mente del general durante los siguientes días. No sabía si lo estaba soñando o realmente había ocurrido. La fiebre no cedía pese a las sangrías y los paños de agua fría que colocaba Paquita sobre su frente y sus muñecas.

Tres días después, precisamente el 30 de diciembre, fecha en la que desembarcó en Cartagena Amadeo de Saboya, moría Prim como consecuencia de la septicemia causada por las heridas infectadas. O, ¿tal vez fue estrangulado en su propia cama…? Eso nunca lo sabremos… Pero como decía su mujer cargada de razón: enemigos no le faltaban…

LA NAVE

Embarcaron en  el puerto de Gran Canaria. Tenía que ser una travesía de 8 días con escala en Tenerife; en el archipiélago de Madeira donde visitarían Funchal, la Isla de Porto Santo, y de regreso, harían escala en Agadir, para finalizar viaje en Lanzarote. Se trataba de un crucero de lujo. Todo era muy selecto y exclusivo. El  barco pequeño, de  tan sólo doce camarotes  y  la numerosa tripulación totalmente dedicada a que los pasajeros tuvieran una agradable estancia a bordo y se  vieran atendidos hasta en los más mínimos detalles.  El pasaje era variado: Matrimonios maduros en viaje de placer. Parejas de recién casados de luna de miel,  y jubilados que se auto regalaban un crucero para celebrar  haber llegado a la edad del retiro  con salud para disfrutar y dinero para gastar. También viajaban dos hermanas divorciadas, cincuentonas de buen ver y con muchas ganas de pasarlo bien,  y una madre de aspecto autoritario con un hijo jovenzuelo que se sonrojaba cada vez que, en los estrechos pasillos de la embarcación,  se cruzaba con alguna de las hermanas.

Al quinto día de navegación, cuando el barco se encontraba a mitad camino entre la isla de Madeira y Agadir, ocurrió algo insólito. Estaban tomando el fresco  en  cubierta después de una copiosa y exquisita cena. Era una cálida noche de verano  y todos  charlaban animadamente en corrillos. Los días que ya habían transcurrido de crucero sirvieron para que todos los pasajeros se conociesen y,  en aquel  reducido espacio y  en un  ambiente de vacaciones y diversión, se había creado entre ellos un clima de cordialidad y confianza, como si se conociesen de muchísimo tiempo atrás.  Una de las parejas de recién casados estaba mirando al mar, apoyados en la barandilla de la amura de estribor, cuando algo llamó su atención. Avisaron de inmediato al resto para que se asomasen a la barandilla y observaran el fondo marino. 

En efecto, en  las profundidades se apreciaban luces que se movían rápidamente de un lado a otro. Todos miraron instintivamente al cielo por si pudiera ser el reflejo de algún avión, mas el cielo estaba cuajado de estrellas brillantes pero sin rastro  de nave de ningún tipo.  Pensaron que tal vez se tratase de submarinos, y alborozados e incrédulos, mandaron a uno de los camareros en busca del capitán  para que les explicara de qué pudiera tratarse. Todos estaban ensimismados en la visión de las luces que parecía que cada vez estaban más cerca de la superficie. No sintieron miedo, por el contrario una increíble sensación de paz y de curiosidad les invadía. Nadie dijo ni una sola palabra, ni un ademán de aspaviento, ni tan siquiera se alejaron de la barandilla. Admirados y expectantes observaban los movimientos del oleaje y la cada vez mayor proximidad de la luz. De pronto, un artefacto luminoso surgió de entre las aguas elevándose a pocos metros de la superficie. Permaneció inmóvil unos instantes y, como una exhalación desapareció en el cielo. Las luces del fondo del mar desaparecieron también y allí quedaron todos atónitos sin saber qué es lo que había ocurrido. Salvo el capitán, que en sus numerosos viajes había tenido ocasión de presenciar el fenómeno en diversas ocasiones. En tono paternal les aconsejó que de  lo que acababan de ver, era mejor no hablar. No les creerán, dijo, y les tomarán por embusteros o locos. ”Ellos” han estado aquí desde siempre, aún antes que nosotros…

Biografía

Como decía Fernando Pessoa, mi biografía es sencilla:

«Si después que yo muera, se quisiera escribir mi biografía, nada sería más simple. Exactamente poseo dos fechas, la de mi nacimiento y la de mi muerte. Entre una y otra todos los días me pertenecen.«

Aunque como aún no he muerto, debería añadir algo más… He pasado de ser una licenciada en Derecho, funcionaria por oposición, a convertirme en una contadora de cuentos, por vocación.

Presentación

Después de haber pasado media vida amarrada a una silla de despacho durante ocho horas al día, como Prometeo encadenado a la roca, por fin he empezado a hacer lo que en realidad me gusta: leer, escribir, oír buena música, visitar museos y exposiciones… todo aquello que la falta de tiempo no me permitía realizar, al menos con la frecuencia que hubiera deseado.

Los relatos de Gloria

En este blog pretendo colgar algunos de mis relatos, así como comentarios sobre libros que me han resultado interesantes, exposiciones que he visitado, u otros temas de aspecto cultural.

Hasta el momento he escrito dos novelas: una que ya ha sido publicada y otra que está en vías de serlo, de cuya evolución ya os iré informando.